morrita colegiala borracha se queda dormida y la manosean sus compañeros

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La morrita colegiala se encontraba en una fiesta de viernes por la noche, rodeada de sus compañeros de escuela. Había bebido más de la cuenta y la juerga estaba en pleno apogeo. Los jóvenes, llenos de deseo y hormonas desatadas, no podían apartar los ojos de aquella joven atractiva y descarada que ahora yacía semiinconsciente en el sofá, con una copa de más en su mano.

El ambiente estaba cargado de excitación y lujuria, todos deseaban a la morrita colegiala y estaban dispuestos a aprovechar la situación. Uno a uno, sus compañeros se acercaban a ella, deseosos de tocar su cuerpo juvenil y lleno de curvas tentadoras.

Por fin, uno de los chicos, con un brillo lascivo en los ojos, se acercó a la morrita y comenzó a acariciar sus suaves muslos. Sus manos temblaban de emoción al sentir la piel suave de la joven bajo sus dedos.

«¡Mira esto, chicos! ¡La morrita colegiala está tan borracha que ni siquiera se da cuenta de lo que le estamos haciendo!», exclamó uno de los presentes, incitando a los demás a unirse a la morbosa fiesta.

Con una sonrisa cómplice, los jóvenes empezaron a rodear a la chica, entre risas nerviosas y excitación desmedida. Manos curiosas exploraban cada centímetro de su cuerpo, deslizándose por su falda corta y rozando sus pechos juveniles a través de la blusa ajustada.

«¿Te gusta esto, putita colegiala? ¿Te excita que te toquemos mientras duermes?», susurró uno de los chicos al oído de la morrita, mientras deslizaba una mano atrevida por debajo de su ropa interior, acariciando su sexo humedecido por el alcohol y la excitación.

La morrita, entre sueños y gemidos ahogados, no podía evitar sentir un placer prohibido ante aquella invasión a su intimidad. Su cuerpo respondía de forma instintiva a las caricias y roces de sus compañeros, quienes disfrutaban de la escena con una lujuria desenfrenada.

Uno de los jóvenes, incapaz de contenerse más, se arrodilló frente a la morrita y bajó lentamente su braga, revelando su sexo rosado y húmedo ante la atenta mirada de los demás. Su lengua se deslizó juguetona por los labios inferiores de la joven, saboreando su dulce néctar y provocando gemidos sofocados de placer.

Entre tanto, otro de los chicos había sacado su verga dura y erecta, ansiosa por participar en aquel juego de deseo y desenfreno. Con movimientos expertos, se colocó detrás de la morrita y presionó su miembro viril contra la entrada de su culo, listo para penetrarla sin piedad.

«¡Oh, sí! ¡Métemela toda, soy tu putita caliente!», gimió la morrita entre susurros entrecortados, anhelando sentir el placer salvaje y salvaje que sus compañeros le ofrecían sin remordimientos.

La escena se convirtió en un festín de sexo desenfrenado, donde la morrita colegiala era el centro de atención y deseo de todos los presentes. Cada uno de los chicos quería cogerla, poseerla y hacerla suya en un acto de perversión desenfrenada.

Los gemidos, susurros y jadeos llenaron la habitación, mezclándose con el sonido de la música y el tintineo de las copas vacías. La morrita se abandonaba al placer prohibido, entregándose por completo a los caprichos de sus compañeros y disfrutando de cada embestida, cada lamida y cada penetración con una lujuria sin límites.

Al final, los gritos de placer y las venidas incontrolables llenaron la habitación, señalando el clímax de aquella noche de desenfreno y perversiones. La morrita colegiala, aún dormida y embriagada, había sido la protagonista de una orgía inolvidable, donde su cuerpo juvenil había sido cedido y compartido entre sus compañeros en un acto de lujuria desmedida y descontrolada.

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