morrita colegiala se la chupa a su compañero en los baños de la escuela

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La jornada escolar estaba llegando a su fin, el bullicio de los pasillos se había ido desvaneciendo poco a poco y solo quedaban unos pocos alumnos rezagados en las aulas. Entre ellos se encontraba Juan, un chico de dieciocho años con la testosterona a flor de piel, y Alejandra, una morrita colegiala de dieciséis años con un cuerpo que despertaba las pasiones más primitivas.

Ambos se habían quedado hasta tarde en la escuela por un trabajo en equipo que debían terminar, pero la tensión sexual entre ellos era palpable. Cada mirada, cada roce casual, aumentaba la excitación que se había ido acumulando a lo largo de las horas. Alejandra sabía que Juan no podía resistirse a su encanto y decidió tomar la iniciativa.

Con una sonrisa pícara, se acercó a Juan y le susurró al oído: «¿Por qué no vamos a los baños y terminamos lo que empezamos?». Sin decir una palabra, Juan asintió con la cabeza y la siguió hasta los baños, donde sabían que podrían tener la privacidad necesaria para dar rienda suelta a sus deseos más salvajes.

Una vez dentro, Alejandra cerró con llave la puerta y se acercó a Juan con determinación. Lo empujó suavemente contra la pared y comenzó a desabrocharle los pantalones con ansias desenfrenadas. Juan, excitado al límite, se dejó llevar por el deseo que lo consumía y correspondió a los avances de la colegiala.

Con una velocidad sorprendente, Alejandra se arrodilló frente a Juan y lamió sus labios con lujuria. Sin esperar un segundo más, tomó la verga de Juan entre sus manos y comenzó a masturbarlo con movimientos rápidos y coordinados. Juan no pudo contener un gemido de placer al sentir la habilidad de Alejandra, quien parecía haber nacido para mamar verga.

«¡Sí, sigue así, putita! ¡Qué bien la chupas!», exclamó Juan entre jadeos mientras disfrutaba del cálido y húmedo vaivén de la boca de la morrita colegiala. Alejandra, con los ojos entrecerrados y una expresión de pura lascivia en su rostro, se esforzaba por hacer que Juan alcanzara el éxtasis en cuestión de minutos.

La lengua de Alejandra exploraba cada centímetro de la verga de Juan, jugueteando con la punta hinchada y deslizándose por el tronco duro y pulsante. Los gemidos de Juan se volvían más intensos a medida que Alejandra intensificaba sus movimientos, llevándolo al borde del abismo del placer.

Con un gemido gutural, Juan anunció su inminente orgasmo, y Alejandra redobló sus esfuerzos para hacer que la venida de Juan fuera la más intensa de su vida. Con movimientos frenéticos de su mano y succiones expertas de su boca, Alejandra logró que Juan explotara en un torrente de semen que inundó su boca sedienta.

Lamiendo los restos de semen con una expresión de satisfacción en su rostro, Alejandra se levantó lentamente y miró a Juan con una mezcla de picardía y deseo. Sabía que todavía no habían terminado, que la verdadera diversión estaba a punto de comenzar.

«Ahora es mi turno, chico malo», murmuró Alejandra con una sonrisa traviesa antes de empujar a Juan contra el lavamanos y levantar su falda escolar. Juan, con los ojos llenos de lujuria, contempló el tesoro que se le ofrecía: la concha húmeda y ansiosa de Alejandra, lista para ser penetrada.

Sin perder tiempo, Juan se arrodilló detrás de Alejandra y separó sus nalgas con las manos, revelando el apretado agujero que ansiaba ser penetrado. Con un suspiro de excitación, Juan acercó su verga a la entrada de la concha de Alejandra y la penetró con un único y certero movimiento.

Los gemidos de Alejandra llenaron los baños de la escuela mientras Juan la cogía con una intensidad que rozaba lo salvaje. Cada embestida era más fuerte y profunda que la anterior, llevando a la colegiala al borde del éxtasis con cada roce de sus cuerpos sudorosos.

«¡Sí, así me gusta, métemela toda! ¡Hazme tuya, Juan!», gemía Alejandra entre jadeos mientras se aferraba al lavamanos con desesperación. Juan, embriagado por el placer y el deseo, la cogía sin piedad, llevándola a alturas de placer que nunca había experimentado.

El sonido de la cama golpeando contra la pared se mezclaba con los gemidos y los susurros obscenos de la pareja, creando una sinfonía de pasión desenfrenada. Cada embestida de Juan era recibida con un gemido de Alejandra, cuya concha ardiente apretaba la verga de Juan como si fuera su posesión más preciada.

Tras minutos de culeo intenso, Juan sintió que el orgasmo se aproximaba con una fuerza arrolladora. Con un gruñido gutural, se dejó llevar por la ola de placer y se corrió dentro de Alejandra, llenando su concha con su semen caliente y viscoso.

Agotados y satisfechos, Juan y Alejandra se miraron a los ojos con complicidad y una sonrisa cómplice. Sabían que lo que habían compartido en los baños de la escuela sería un secreto guardado bajo llave, un recuerdo de una pasión desenfrenada que los uniría por siempre en la intimidad de sus mentes.

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