La jovencita colegiala no podía creer lo que le estaba pasando. Se encontraba en la habitación de un gordo asqueroso que había conocido en una fiesta reciente. Un hombre mayor, repugnante y sudoroso, que le había ofrecido un trago de más y le había insinuado con una mirada llena de lujuria. A pesar de sus dudas iniciales, la curiosidad y la excitación la habían impulsado a seguirlo hasta su hogar, un departamento sucio y maloliente en un barrio decadente de la ciudad.
Ella, aún vestida con su unforme escolar, se dejaba llevar por una mezcla de morbo y temor al mismo tiempo. El gordo la había rodeado con sus brazos grasientos y comenzó a besarla con desesperación, metiendo su lengua en la boca de la colegiala y manoseando sus pequeñas tetas bajo la blusa blanca. La tela áspera rocé su piel suave, enviando escalofríos por su espalda.
‘Vas a ser mi perrita hoy, nena’, gruñó el gordo con una voz ronca y jadeante, mientras desabrochaba su pantalón y dejaba al descubierto una verga flácida y sucia. La colegiala se mordió el labio inferior, sintiendo una mezcla de excitación y repugnancia ante lo que estaba por ocurrir. El olor a sudor y a alcohol impregnaba el aire, haciéndola cerrar los ojos por un instante.
El gordo la empujó hacia la cama y la hizo arrodillarse, tomando su cabeza con brusquedad y acercándola a su miembro flácido. ‘Ahora chupa, putita’, ordenó con tono autoritario, mientras la colegiala sentía la verga crecer en su boca, palpando cada vena, cada pliegue de la piel arrugada.
Ella comenzó a mover la lengua con destreza, sintiendo cómo el gordo gemía de placer por sus mamadas. El sabor amargo del presemen inundaba su boca, pero ella siguió chupando con ansias, excitada por la sumisión y por tener el control de un hombre dominante a su merced.
‘¿Te gusta mi pija, eh? ¿Te gusta ser mi zorrita?’ gritó el gordo, aumentando el ritmo de sus embestidas en la boca de la colegiala. Ella solo gemía en respuesta, con los ojos vidriosos y la respiración agitada. La excitación la invadía por completo, sintiendo su entrepierna mojada y deseando más.
Finalmente, el gordo la tiró sobre la cama y la puso en posición de perrito, levantando su falda y bajando su ropa interior con brusquedad. La colegiala temblaba de anticipación, sabiendo lo que iba a suceder a continuación. La verga del gordo se apoyó en sus nalgas, buscando la entrada de su concha húmeda y caliente.
‘¡Cogeme, perra! ¡Cogeme como la putita que eres!’ exclamó el gordo, empujando con fuerza y penetrando a la jovencita colegiala con violencia. Ella gritó de dolor y placer al mismo tiempo, sintiendo cómo era llenada por una verga grande y gruesa que la estiraba hasta límites insospechados.
Los gemidos se mezclaban con los sonidos de la carne chocando contra carne, mientras el gordo embestía una y otra vez, disfrutando de la estrechez y la juventud de la colegiala. Ella, con los ojos cerrados y las manos aferradas a las sábanas, se dejaba llevar por la oleada de sensaciones que recorrían su cuerpo.
‘¿Eres mi putita, verdad? ¿Te gusta que te coja así, duro y profundo?’ preguntó el gordo entre jadeos, agarrando con fuerza las caderas de la colegiala y aumentando el ritmo de sus embestidas. Ella solo pudo gemir en respuesta, sintiendo cómo el éxtasis se acercaba con cada embestida.
Y así, en medio de la lujuria y la perversión, la jovencita colegiala se dejó coger de perrito por el gordo asqueroso, entregándose al placer prohibido de una manera salvaje y desenfrenada.






