cogiendo a una morrita colegiala en el baño de su casa

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La excitación se palpaba en el ambiente desde que él llegó a la casa de la morrita colegiala. Era una tarde caliente de verano, el sol arrojaba sus últimos rayos de luz sobre los tejados de la ciudad. La adolescente estaba sola en casa, sus padres trabajando hasta tarde, y él sabía que era el momento perfecto para saciar sus deseos más oscuros.

La morrita, llamada Lucía, lo esperaba impaciente en su habitación. Vestía una falda corta y ajustada que dejaba al descubierto sus largas piernas bronceadas, y una blusa escotada que resaltaba sus voluminosos pechos adolescentes. Su mirada traviesa lo invitaba a desatar toda su lujuria sobre ella.

Él, un chico mayor que había conocido en una fiesta clandestina, no pudo resistirse al encanto prohibido de la joven colegiala. Sus manos temblaban de deseo al acariciar su piel suave y tersa, mientras sus labios se pegaban a los de ella en un beso hambriento y desenfrenado.

Se dirigieron al baño, un espacio angosto y descuidado donde la humedad y el olor a desinfectante se mezclaban con la pasión desenfrenada que los consumía. Él empujó a Lucía contra la puerta, arrancándole la ropa con ansias salvajes mientras sus lenguas se enredaban en un baile erótico y lascivo.

‘¡Eres una putita caliente, Lucía!’, gruñó él entre gemidos, agarrándola con fuerza de las caderas y levantándola en el aire para penetrarla de un solo golpe. La morrita soltó un gemido agudo y placentero, arqueando la espalda y aferrándose a su amante con frenesí.

Los azulejos fríos del baño contrastaban con el calor abrasador de sus cuerpos enlazados en un vaivén erótico y frenético. Cada embestida era un grito de placer contenido, cada gemido una plegaria a la lujuria desenfrenada que los consumía.

Los gemidos de la morrita se perdían en el eco del baño, mezclándose con el sonido de la cisterna que se accionaba intermitentemente. El sudor perlaba sus frentes mientras él embestía una y otra vez, sin tregua, sin descanso.

‘¿Te gusta así, putita?’, gruñó él entre dientes, sujetando con firmeza las caderas de Lucía mientras aceleraba el ritmo de sus embestidas. Ella gemía sin cesar, arqueando la espalda y entregándose por completo al placer abrumador que la invadía.

El agua de la regadera goteaba monótona en el fondo, creando una banda sonora húmeda y rítmica que acompañaba el frenesí carnal de la pareja. Los espejos empañados reflejaban la pasión desatada, el sudor y la lujuria que se desbordaban en el pequeño espacio del baño.

‘¡Sí, sí, sí!’, jadeó Lucía, aferrándose con fuerza a los hombros de él, sintiendo cómo cada embestida la llevaba más cerca del abismo del placer. La sensación de estar siendo poseída en el lugar más íntimo de su casa la excitaba de una manera indescriptible.

El clímax se acercaba inexorablemente, como una ola imparable que los arrastraría hacia un éxtasis compartido. Él intensificó sus embestidas, profundizando en el interior de la morrita con una furia insaciable, llevándola al borde de la locura.

Finalmente, con un grito gutural, él se dejó llevar por la explosión de placer que lo invadió, liberando su semilla ardiente en el interior de Lucía mientras su cuerpo temblaba de gozo desenfrenado. La morrita, extasiada, se dejó caer rendida en sus brazos, sintiendo el calor de su piel pegajosa y el sopor del placer cumplido.

Se quedaron unidos en un abrazo íntimo, respirando entrecortadamente en la penumbra del baño. Las gotas de agua seguían cayendo rítmicamente en la regadera, marcando el tiempo de una tarde que nunca olvidarían.

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