apurate que sigo yo..le dice a su amigo mientras coge a borracha

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La noche ya estaba avanzada cuando Carlos y Diego salieron del bar en busca de más diversión. Habían estado bebiendo desde temprano, embriagándose con cerveza barata y chupitos de tequila que les quemaban la garganta y los hacían reír sin control. La excitación y el deseo fluían en sus venas, avivando sus instintos más primarios.

Decidieron continuar la fiesta en el apartamento de Diego, un lugar pequeño y desordenado con muebles viejos y decoración poco convencional. La música retumbaba en las paredes mientras los dos amigos se acercaban a una mesa llena de botellas medio vacías y vasos sucios. Una chica desconocida se les unió, con una sonrisa coqueta y ojos brillantes que prometían aventura.

Carlos y Diego intercambiaron miradas cómplices, sabiendo que esa noche no terminaría como las demás. La joven, cuyo nombre les resultaba ya irrelevante, se dejaba llevar por la atmósfera cargada de lujuria y desenfreno. Pronto, las manos de los dos amigos exploraban su cuerpo con ansias insaciables, despojándola de cada prenda con avidez animal.

La habitación se llenó de gemidos y suspiros entrecortados, el aroma a sexo impregnaba el aire viciado del apartamento. Carlos y Diego se turnaban para coger a la chica, llevando su excitación al límite una y otra vez. La joven, entregada al placer y al alcohol, se abandonaba al éxtasis sintiendo sus cuerpos ardientes sobre el suyo.

‘¡Apúrate que sigo yo!’ -dijo Diego con voz ronca, sujetando con fuerza las caderas de la chica mientras la penetraba con furia. Sus movimientos eran bruscos y desesperados, como si cada embestida fuera un intento de saciar un deseo incontrolable.

Carlos observaba la escena con ojos hambrientos, excitado al ver a su amigo culeando a la chica con tanta pasión. No pudo contenerse más y se acercó a ellos, colocándose frente a la joven para que le mamara la verga con avidez. Ella, sumida en un estado de éxtasis y confusión, obedeció sin dudar, alternando las mamadas entre Carlos y Diego con maestría.

Los gemidos se multiplicaban, mezclándose con el sonido de los cuerpos chocando y los insultos susurrados al oído. La joven era un juguete en manos de los dos amigos, un objeto de deseo que satisfacía sus más bajos instintos. Todo era salvaje, obsceno, pura lascivia en su estado más puro.

‘¡Dale más fuerte, puta!’ -gritaba Carlos, agarrando con fuerza el cabello de la chica para guiar sus movimientos. Ella obedecía, sintiendo el placer extremo recorrer cada fibra de su ser mientras era cogida sin piedad por los dos amigos.

Diego, embriagado por el deseo y el alcohol, decidió llevar las cosas a otro nivel. Sin previo aviso, se posicionó detrás de la chica y la penetró por el culo, provocando un gemido ahogado que se mezclaba con el sonido de la música estridente. La joven, presa de sensaciones nuevas y desconocidas, se abandonaba al placer prohibido sin reservas.

Los minutos se convirtieron en horas, el frenesí sexual parecía no tener fin. Los cuerpos sudorosos se movían al unísono, buscando el clímax con desesperación. Carlos y Diego se alternaban en el cuerpo de la chica, culeándola con una voracidad insaciable, llevándola al límite una y otra vez.

‘¡Voy a venirme! ¡Sígueme cogiendo!’ -gritó Diego, sintiendo el orgasmo acumulándose en su entrepierna. La chica, exhausta y satisfecha, asintió con una sonrisa lasciva, entregándose por completo al éxtasis compartido.

El apartamento resonó con el sonido de los gemidos, los cuerpos chocando y los suspiros de placer. Carlos y Diego se dejaron llevar por la pasión desenfrenada, llegando juntos al clímax en una explosión de placer compartido que los dejó extasiados y satisfechos.

La noche había sido larga y agotadora, pero los tres sabían que no sería la última vez que se dejaban llevar por la lujuria desenfrenada y el deseo incontrolable. Juntos, se sumergieron en la oscuridad de la madrugada, listos para explorar todos los límites y placeres que su unión les ofrecía.

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