ella tan puta y sabrosa y al novio se le para

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Era una tarde calurosa de verano en la ciudad, el sol brillaba con fuerza y el calor era sofocante. En un pequeño y destartalado apartamento, se encontraba María, una joven de veinticinco años, de cabello largo y oscuro, con una voluptuosa figura que enloquecía a cualquiera. Estaba vestida con una minifalda ajustada que apenas dejaba algo a la imaginación, una blusa escotada que resaltaba sus generosos pechos y unas sandalias que apenas cubrían sus pies. María, era conocida en el vecindario como «la puta del tercer piso» por su reputación de calienta pollas y sus noches de fiesta desenfrenada.

Esa tarde, María había quedado en encontrarse con su novio Miguel, un hombre musculoso y apuesto, aunque un poco bruto, que trabajaba como mecánico en un taller cercano. Miguel estaba ansioso por encontrarse con María, ya que llevaban días sin verse y las ganas de poseerla lo consumían. La pareja se había conocido en un bar de mala muerte, donde la química sexual entre ellos había sido instantánea.

Cuando Miguel llegó al apartamento de María, ella lo recibió con una sonrisa pícara y lo empujó hacia el interior. La habitación estaba semi a oscuras, la luz apenas entraba por las persianas entreabiertas, creando un ambiente íntimo y cálido. María se acercó a Miguel y lo besó apasionadamente, sus lenguas se enroscaban con deseo y sus manos comenzaron a explorar los cuerpos.

«Vaya, vaya, parece que alguien tiene muchas ganas», susurró María en el oído de Miguel, mientras desabrochaba su pantalón y liberaba su verga erecta y ansiosa. Miguel gemía de placer, la excitación recorría su cuerpo como un torrente de fuego.

Las manos de María se deslizaron por el torso de Miguel, acariciando sus músculos tensos y descendiendo poco a poco hasta llegar a su entrepierna. Con maestría, comenzó a acariciar su pene con movimientos lentos y sensuales, provocando gemidos de placer en su amante.

«Mmm, qué rica estás, putita», gruñó Miguel, mientras tomaba a María por la cintura y la levantaba en vilo, depositándola en la cama con brusquedad. María rio con malicia, sabía que su novio no tardaría en poseerla como un animal en celo.

Sin mediar palabra, Miguel se lanzó sobre ella, arrancándole la ropa con ansia y revelando su deliciosa figura desnuda. Sus pechos firmes y erguidos llamaban la atención de Miguel, quien no pudo resistir la tentación y comenzó a chupar y morder sus pezones con voracidad.

«¡Sí, así, más duro!», gemía María, arqueando la espalda y ofreciéndose por completo a su amante. Miguel no se hizo de rogar y se adentró en ella con fiereza, penetrándola con fuerza y determinación.

La cama crujía con cada embestida, los cuerpos de María y Miguel se fundían en un baile de pasión y deseo desenfrenado. Los gemidos se mezclaban con los susurros, mientras el sudor perlaba las pieles entrelazadas.

María rodeó a Miguel con sus piernas, atrayéndolo más hacia ella y aumentando la intensidad de la cogida desenfrenada. Sus caderas chocaban con fuerza una y otra vez, creando un ritmo frenético que los consumía a ambos en el éxtasis del placer.

«¡Sí, sí, sí!», gritaba María, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, entregándose por completo al momento. Miguel la embestía con furia, culeando como un toro en celo, disfrutando del calor húmedo de su interior.

El sonido de la pasión resonaba en la habitación, los gemidos y gruñidos se mezclaban en un concierto de lujuria desenfrenada. Miguel no podía contenerse más, el calor le recorría el cuerpo y la venida era inminente.

Con un último empujón, Miguel se dejó llevar por el placer y se derramó en el interior de María, llenándola con su venida caliente y espesa. María se retorció de placer, sintiendo el éxtasis recorrer cada fibra de su ser.

Ambos cuerpos se desplomaron exhaustos sobre la cama, el sudor empapaba sus cuerpos entrelazados y sus respiraciones agitadas llenaban la habitación. María y Miguel se miraron con complicidad, sabiendo que el fuego de su pasión seguía ardiendo con fuerza.

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