prostituta de la merced cogiendo en hotel de paso

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La prostituta de La Merced se llamaba Natalia, una joven de veintitantos años con una mirada perdida en sus ojos oscuros que denotaba años de desgaste emocional y físico. Desnuda, con sus senos pequeños pero firmes al aire, caminaba por el estrecho pasillo del hotel de paso con una leve cojera, fruto de las horas interminables de trabajo sobre sus tacones desgastados.

El olor a desinfectante barato se mezclaba con el sudor de los dos cuerpos que se acercaban a la habitación número 69, donde tendrían su encuentro carnal. El cliente, un hombre maduro y con aspecto descuidado, se desabrochaba la bragueta con ansias de satisfacer sus más bajos instintos con la joven que le esperaba.

«¿Lista para recibir mi verga, putita?», gruñó el hombre con voz ronca mientras cerraba la puerta detrás de ellos. Natalia se limitó a asentir con la cabeza, acostumbrada a la rudeza de sus clientes y sin ánimos de entablar conversación.

La habitación era un remolino de colores rojos y luces tenues que apenas iluminaban la cama raída y los espejos sucios. El hombre se acercó a Natalia, no sin antes despojarse de sus ropas y dejar al descubierto una verga flácida que empezaba a despertar con el calor de la situación.

«Ven aquí, zorra. Mamáme la pija», ordenó el cliente, agarrando con rudeza el cabello de Natalia y acercando su miembro a los labios entreabiertos de la joven. Ella comenzó a realizar una mamada mecánica, sin entusiasmo pero con la destreza que solo la experiencia puede otorgar.

Los gemidos ahogados se mezclaban con el sonido húmedo de la verga entrando y saliendo de la boca de la prostituta. El hombre, ansioso por más, empujó a Natalia hacia la cama y la hizo recostarse boca arriba, con las piernas abiertas de par en par, mostrando su concha húmeda y lista para ser penetrada.

«¡Qué tetas tan chiquitas tienes, pero qué rico culo tienes, puta!», exclamó el hombre mientras se lanzaba sobre Natalia con la voracidad de un animal en celo. Su verga dura como piedra encontró la entrada a la concha de la joven y comenzó a embestirla con fuerza, sin darle tregua a su cuerpo maltrecho.

Los jadeos y los gruñidos se confundían en un torbellino de pasión desenfrenada. Natalia cerró los ojos y se dejó llevar por el placer prohibido que su ocupación le ofrecía. Cada embestida del hombre, cada golpe de sus caderas contra las de ella, la acercaban un poco más al éxtasis que tanto ansiaba.

El sexo se volvía cada vez más salvaje, más intenso. El hombre, sediento de posesión, dio un giro brusco y colocó a Natalia a cuatro patas, ofreciéndole su culo jugoso y ansioso de ser penetrado.

«¡Te voy a coger como la perra que eres, zorra de mierda! ¡Voy a llenarte de leche hasta que te desbordes!», gritaba el hombre mientras embestía con furia el estrecho canal anal de Natalia, quien gemía y suplicaba por más, por un poco de alivio al ardor que le consumía por dentro.

El sudor resbalaba por los cuerpos sudorosos, el olor a sexo se impregnaba en las sábanas sucias y en el ambiente enrarecido de la habitación. Cada embestida era un gemido, cada gemido era un grito de placer contenido que explotaba en el aire cargado de lujuria.

Finalmente, el hombre sintió el orgasmo acercarse, como un torbellino de sensaciones que amenazaba con arrastrarlo a un abismo de placer incontrolable. Con un último embate, dejó escapar un alarido gutural y se dejó ir dentro de Natalia, llenando su interior con su semen caliente y pegajoso.

Los cuerpos exhaustos se dejaron caer en la cama, envueltos en un silencio cómplice que solo el sexo entre desconocidos puede crear. Natalia cerró los ojos y suspiró, sabiendo que en unas horas tendría que levantarse y volver a la rutina que su vida le imponía, sin más remedio que seguir adelante, sin mirar atrás, sin juzgar su destino.

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