llego mi prima de la secundaria con muchas ganas de coger

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El sol caía implacable sobre el desvencijado patio trasero de la casa de mis abuelos. Era un día caluroso de verano y yo me encontraba ahí, apurando mi última cerveza mientras intentaba mantenerme fresco bajo la sombra de un árbol. El calor pegajoso me hacía sudar y deseaba poder quitarme la camiseta, sin embargo, la llegada inminente de mi prima de la secundaria me mantenía alerta y expectante.

Desde que nos enteramos de su visita, se había generado en el ambiente un estado de excitación palpable. Mi prima era conocida por ser una chica descarada y muy abierta en temas de sexualidad, y el simple hecho de imaginarla en mi casa, con esas ganas de coger que tanto se rumoraban, me ponía al borde de la locura.

Finalmente, el momento llegó. Un coche se detuvo frente a la casa y de él bajó ella, mi prima. Su pelo largo y castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros, su piel tostada por el sol brillaba con un brillo sutil y sus labios rosados se curvaron en una sonrisa pícara al verme.

«Hola primo, ¿cómo has estado? Estoy ansiosa por pasar un buen rato contigo», dijo con voz seductora mientras se acercaba a mí, dejando a su paso un rastro de perfume embriagador.

Las hormonas me rugían en las venas y mi entrepierna reaccionó de inmediato ante su presencia. Sabía que ese día no sería como cualquier otro y que estábamos a punto de embarcarnos en una aventura intensa y lujuriosa.

Decidimos refugiarnos en el viejo cuarto de juegos que mi abuelo solía utilizar para almacenar trastos y viejas revistas. El polvo flotaba en el aire, cubriendo los muebles con un velo gris que parecía añadir un toque de misterio a la habitación.

Me acerqué a ella, sintiendo su cuerpo caliente rozar el mío, y sin mediar palabra, nos lanzamos uno sobre el otro en un arrebato de deseo desenfrenado.

«Quiero cogerte aquí y ahora, prima. Tienes esa carita de zorra que me excita al instante», musité mientras mis manos buscaban ansiosas la cremallera de su falda corta.

Con un movimiento hábil, logré liberar sus piernas y dejé al descubierto su ropa interior de encaje rosa. Mi pija palpitaba de deseo al ver sus muslos tonificados, listos para ser acariciados y poseídos por mí.

«Cógeme duro, primo. Hazme sentir tu verga dentro de mí, quiero ser rellenada hasta el fondo», gemía ella entre jadeos, sus ojos brillando con una lujuria desenfrenada.

Sin más preámbulos, la recosté sobre la vieja mesa de ping pong y me arrodillé entre sus piernas, dispuesto a satisfacer sus deseos más oscuros. Mi boca se hundió en su entrepierna, saboreando la dulce humedad de su concha ansiosa. Mis dedos expertos la acariciaban con destreza, provocando gemidos guturales que resonaban en la habitación.

«¡Sí, sigue así, primo! ¡Me encanta sentir tu lengua juguetona en mi coño caliente! ¡Estoy a punto de explotar!»

El sabor de su excitación me embriagaba, me llenaba de un deseo insaciable de poseerla por completo. Sin pensarlo dos veces, me puse de pie y, con un movimiento rápido, me deshice de mis pantalones, liberando mi verga hinchada y lista para la acción.

La penetré con fuerza, sintiendo cómo su calor envolvía cada centímetro de mi miembro. Sus gemidos se mezclaban con los míos, creando una sinfonía de placer que amenazaba con desatar el éxtasis en cualquier momento.

«¡Sí, así, dame más! ¡Cógeme como nunca lo han hecho antes, primo! ¡Hazme tuya por completo!»

Nuestros cuerpos chocaban con ferocidad, buscando ese punto de unión que nos llevaría al límite del placer. Mis embestidas eran cada vez más intensas, más profundas, más salvajes, desatando en ambos una cascada de sensaciones que nos sumergían en un mar de éxtasis.

El sudor cubría nuestros cuerpos entrelazados, el calor nos envolvía como una manta, el olor a sexo impregnaba el aire viciado de la habitación. Nos movíamos al ritmo de nuestra lujuria, sin frenos, sin pausas, solo el deseo desenfrenado de posesión mutua.

Y así, en un frenesí de pasión desenfrenada, llegamos juntos al clímax. Nuestros cuerpos se sacudieron en un éxtasis compartido, nuestros gemidos se fundieron en un grito de placer que resonó en la habitación, marcando el final de una experiencia inolvidable.

Con la respiración entrecortada y el cuerpo temblando de placer, nos miramos a los ojos, sabiendo que esa había sido solo la primera de muchas otras sesiones de sexo desenfrenado que nos esperaban en el futuro.

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