La fiesta estaba en pleno apogeo en aquella casa abandonada en las afueras de la ciudad. La música retumbaba en las paredes descascaradas, mezclándose con risas y el olor a alcohol que impregnaba el ambiente. En medio de la pista improvisada, se encontraba una colegiala en una minifalda ajustada y una blusa que apenas cubría sus prominentes pechos. Con la mirada desenfocada y los labios entreabiertos, se movía al ritmo de la música, contoneando sus caderas de forma provocativa.
Los ojos de un chico mayor, con barba de varios días y mirada lujuriosa, se posaron en ella. Él se acercó lentamente, sintiendo cómo su entrepierna reaccionaba de inmediato a la visión de la colegiala. Sin mediar palabra, la tomó de la mano y la llevó a una habitación adyacente, donde la penumbra y el olor a humedad realzaban el ambiente de desenfreno.
«¿Qué haces, eh? ¡Suéltame! ¡No sabes quién soy!», protestaba la colegiala, aunque su voz temblaba de excitación y miedo a partes iguales.
«Calla, putita. Ya sé quién eres, una zorrita que necesita una buena lección», respondió el chico con una sonrisa de satisfacción.
La colegiala fue empujada bruscamente contra la pared, sintiendo el frío del cemento en su espalda. El chico se abalanzó sobre ella, desgarrando su ropa con ansias animales. La minifalda cayó al suelo, dejando al descubierto unas bragas de encaje que apenas podían contener la humedad que se acumulaba entre sus muslos.
«Vas a culear como la puta que eres, colegiala. Y te va a gustar, ¿me oíste?», gruñó el chico mientras sus manos ávidas exploraban cada centímetro de piel expuesta.
La colegiala gemía, una mezcla de placer y vergüenza se apoderaba de su cuerpo. Sentía la verga del chico presionando contra su estómago, dura y ansiosa por entrar en su interior. Sin más preámbulos, la penetración fue brusca y desgarradora, arrancando gemidos salvajes de la colegiala que se retorcía de placer y dolor.
«¡Sí, cógeme con fuerza! ¡Hazme sentir como la puta que soy!», suplicaba la colegiala entre jadeos entrecortados.
El chico embestía con fiereza, sus manos aferradas a las caderas de la colegiala como si temiera perderla en medio de la pasión desbocada. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, un vaivén desenfrenado de deseo y lujuria desenfrenada.
Los gemidos se mezclaban con el sonido de la música lejana, creando una sinfonía de placer y pecado en aquella habitación oscura. La colegiala se aferraba a la pared, clavando las uñas en el cemento mientras el éxtasis se apoderaba de su ser.
«¡Voy a cogerte hasta que no puedas más, puta! ¡Vas a ser mía por completo!», rugió el chico, aumentando el ritmo de sus embestidas hasta llevar a la colegiala al borde del abismo del placer.
El orgasmo los envolvió como un torbellino, arrastrándolos a un mundo de sensaciones intensas y salvajes. La colegiala temblaba de pies a cabeza, sintiendo cada venida del chico como una descarga eléctrica que la hacía gemir sin control.
Con un último empujón, el chico se dejó caer sobre ella, agotado pero satisfecho. La colegiala yacía en el suelo, con la respiración entrecortada y el cuerpo cubierto de sudor y semen. El silencio se apoderó de la habitación, solo roto por los susurros del viento que se colaban por las rendijas de las ventanas.
Así terminó aquella noche de desenfreno y lujuria, con la colegiala clavada contra la pared como toda una putita, marcada por el fuego del placer y el pecado.





