le hacen el calzon de lado a la jovencita y la cogen de perrito

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La tarde caía lentamente sobre el barrio, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados que se colaban por las ventanas del pequeño departamento de la jovencita. Había decidido invitar a su novio a pasar la tarde juntos, sabiendo que no tardarían en dejarse llevar por la pasión desenfrenada que los consumía.

Los dos se besaban con ansias, se tocaban en medio de risas y gemidos sofocados. Él le levantó la remera, descubriendo su piel pálida y suave, mientras ella desabrochaba los botones de su pantalón con urgencia. La lujuria y el deseo los invadían por completo, convirtiendo aquel encuentro en un torbellino de emociones y pasión desbordante.

La joven, con el calzón de lado y el corazón latiendo a mil por hora, se inclinó hacia adelante apoyándose en la silla, ofreciendo su trasero a su amante. Él no dudó ni un segundo en acercarse, deseando entrar en ella de la forma más primaria y salvaje posible.

‘Te voy a coger tan duro que vas a sentirme por días’, susurró él en su oído, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo y la excitación que lo embriagaba por completo.

‘Hazlo, quiero que me cojas como la perra que soy’, respondió ella con voz entrecortada, ansiosa por sentirlo dentro de ella y alcanzar el éxtasis que sabía que él podía brindarle.

Con un movimiento ágil y preciso, él se posicionó detrás de ella, sosteniendo su verga dura y ansiosa de penetrarla. Sin más preámbulos, la introdujo en su interior, sintiendo cómo ella se estremecía y gemía de placer con cada embestida.

Los sonidos de la carne chocando contra carne llenaban la habitación, mezclados con los jadeos y gemidos de ambos amantes. Ella arqueaba la espalda, entregándose por completo a las embestidas de su hombre, sintiendo cómo la llevaba al borde del abismo una y otra vez.

‘¿Te gusta así, putita? ¿Te gusta que te coja como la zorra que eres?’, preguntó él entre gemidos, aumentando el ritmo de sus embestidas y sintiendo cómo el placer se apoderaba de su ser.

‘Sí, sí, cógeme más fuerte, no pares’, respondió ella entre gemidos, aferrada a la silla y sintiendo cómo el éxtasis se acercaba con cada embestida, con cada roce de su verga dentro de ella.

El sudor cubría sus cuerpos, resbalando por sus pieles ardientes y fundiéndose en un mar de pasión y deseo incontrolable. Los gemidos se volvían más intensos, más desgarradores, indicando que el clímax estaba cada vez más cerca.

Con un último empujón, él la tomó con fuerza, sintiendo cómo su verga se hundía profundamente en su interior, llevándola al límite de la locura y el placer absoluto. Ella se estremeció, se arqueó y se dejó llevar por la ola de placer que la invadía por completo.

‘¡Sí, sí, sí!’, gritó ella entre gemidos, sintiendo cómo el orgasmo la envolvía por completo, haciéndola temblar y estremecerse como nunca antes lo había hecho.

Él la siguió de cerca, dejándose llevar por la intensidad del momento y derramando todo su deseo y pasión en su interior, marcándola como suya de la forma más salvaje y primitiva posible.

Así, entre gemidos, suspiros y la sensación embriagadora del placer compartido, los dos se entregaron por completo al éxtasis de la lujuria, sabiendo que aquel momento quedaría grabado en sus memorias para siempre.

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