La flaca tiene muchas ganas de coger

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La flaca, con sus nalgas flácidas y su piel sudorosa, estaba ansiosa por coger. Sus pezones duros y erectos bajo la blusa ajustada, marcados por el deseo carnal que la consumía. Sus ojos brillaban con lujuria, deseando una verga que la penetrara sin piedad. Sus manos temblaban de excitación, listas para sentir el calor de una cogida salvaje.

Él, con su verga dura como roca, no podía resistirse a la imagen de esas tetas pequeñas a punto de ser devoradas. La flaca se arrodilló con desesperación, ansiosa por mamársela. Con movimientos torpes, comenzó a chupar con avidez, dejando escapar gemidos de placer que lo enloquecían.

‘¡Así, putita, sigue mamando esa verga como la perra que eres!’, él le ordenaba entre gruñidos salvajes. La flaca obedecía sin titubear, sintiendo el sabor salado del precum en su lengua, ansiosa por recibir la venida que anhelaba.

Él la levantó bruscamente, tirando de su cabello con rudeza y empujándola contra la pared. La flaca gimió de dolor y placer, sintiendo cómo su culo era invadido por esa pija que tanto deseaba. Los gritos de ambos resonaban en la habitación, mezclándose con el sonido de las embestidas brutales.

‘¡Cógeme más fuerte, rompe mi culo con esa verga!’, la flaca suplicaba entre sollozos, sintiendo cómo era culeada sin misericordia. Él la tomaba con fuerza, embistiéndola con brutalidad, disfrutando de cada gemido de dolor y placer que escapaba de sus labios.

El sudor cubría sus cuerpos entrelazados, reflejando el calor y la pasión desenfrenada que los consumía. La flaca, con el maquillaje corrido y la mirada perdida en éxtasis, rogaba por más sexo, por más verga que la llenara y la hiciera estallar de placer.

Los movimientos se volvían más rápidos, más intensos, más desesperados. Él la penetraba una y otra vez, sintiendo cómo su concha apretaba su verga con fuerza, exprimiéndolo hasta el límite. Los cuerpos chocaban con violencia, buscando el clímax que los llevaría al límite de la lujuria.

‘¡Sí! ¡Sí! ¡Dame tu leche caliente en mi cara!’, la flaca suplicaba, ansiosa por sentir la venida que la marcaría como su presa. Él no pudo resistirse al pedido, y con un gruñido animal, descargó su semen en el rostro de la flaca, marcándola como su putita sumisa.

Los gemidos se desvanecieron, reemplazados por la respiración entrecortada de dos cuerpos exhaustos y saciados. La flaca se dejaba caer en el suelo, sintiendo cómo el semen resbalaba por su piel, marcándola como su trofeo de una noche de sexo desenfrenado.

El sudor y los fluidos corporales se mezclaban en un espectáculo grotesco y depravado, reflejando la intensidad de una noche llena de perversiones y placeres oscuros. La flaca, con una sonrisa de satisfacción, sabía que volvería a desear coger con la misma ferocidad una y otra vez.

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