La habitación estaba sofocante, el calor se pegaba a la piel de ambos como una maldita manta húmeda. Ella, mi prima de tetas prometedoras y mirada tímida, se retorcía incómoda sobre la cama mientras yo me acercaba sin compasión. Sus pezones se marcaban a través de la tela de su sujetador, pidiendo a gritos ser liberados de su prisión.
«¿Te da vergüenza enseñarlas, eh, putita?», le susurré al oído mientras le arrancaba la blusa y su sostén con un tirón brusco. Sus gemidos de sorpresa se mezclaron con un atisbo de excitación, dejando en claro que ese juego prohibido la estaba mojando más de lo que admitiría.
Sin darle tiempo a reaccionar, tomé sus manos y las coloqué sobre su cabeza, inmovilizándola. Mis labios descendieron voraces hacia sus pechos, donde mis dientes traviesos mordisqueaban sus pezones endurecidos sin piedad. La escuché jadear de dolor y placer, una combinación que la tenía a punto de caramelo para lo que vendría a continuación.
«¿Así que eres una zorra vergonzosa, eh? Déjame ver esas tetas, muestra lo que tienes, no me importa si eres mi prima, en este momento solo eres un agujero para coger», le dije con crudeza, deslizando mi mano hacia abajo para acariciar el bulto que se formaba en mi entrepierna.
Sin mediar palabras, ella se quitó el pantalón y las bragas, revelando una concha empapada que brillaba con sus jugos de excitación. Me lancé sin contemplaciones entre sus piernas, lamiendo su sexo con ansias de bestia hambrienta. Mis dedos la penetraban sin piedad, haciendo que sus jadeos resonaran por la habitación como una sinfonía de lujuria desmedida.
«¡Así se coge a una prima puta como tú, con toda la verga adentro de tu coño asqueroso! ¡Gime más fuerte, quiero oírte llorar de placer mientras te lleno de leche!», le ordené entre gemidos guturales, embistiendo su interior con una furia que amenazaba con hacerla desfallecer de éxtasis.
Sus gritos se mezclaban con los míos, formando una sinfonía de obscenidades que solo nos excitaba más. La sensación de sus paredes vaginales apretando mi pija era embriagadora, un torbellino de sensaciones que me empujaba hacia el abismo del placer más oscuro.
«¡Dame ese culo sucio, quiero romperte el orto hasta que no puedas sentarte por una semana! ¡Abre bien esas nalgas y prepárate para sentirme adentro!», exclamé con lujuria desenfrenada, embistiendo su ano con una violencia que rayaba en lo salvaje.
Ella gemía y sollozaba, mezclando el dolor con el placer en un torbellino de sensaciones abrumadoras. La vista de su culo siendo penetrado sin piedad era la obscenidad hecha carne, un espectáculo digno de los más bajos instintos humanos. Mis embestidas eran brutales, crueles, sin dar respiro ni tregua a su estrechez anal.
«¡¿Es así como te gusta, eh?! ¿Así es como te gusta que te rompan el culo, mi puta prima sumisa? ¡Mueve esas caderas, haz que mi verga se pierda dentro de ti para siempre!», bramé con una intensidad que hacía temblar las paredes de la habitación.
El sudor, el olor a sexo y la obscenidad reinaban en el ambiente como una capa densa que nos envolvía y nos consumía. El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con los gemidos, creando una sinfonía de placer desenfrenado que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.
«¡Voy a acabar, puta, voy a darte toda mi leche en tu cara de zorra! ¡Traga cada gota de mi semen como la puta que eres, no dejes ni una gota! ¡Quiero verte empapada de mi venida, quiero verte sucia y humillada!», anuncié con voz ronca, sintiendo que el momento de la explosión se acercaba.
Y así, en un último embate feroz, vacié mis entrañas en su rostro angelical, tiñéndolo de blancura impúdica y obscena. Ella sonreía con lujuria, disfrutando de la humillación y la degradación como si fueran manjares exquisitos para su alma pecaminosa. Ambos caímos exhaustos sobre la cama, sabiendo que aquella sería solo la primera de muchas sesiones de sexo depravado que compartiríamos en el futuro cercano.




