Dos morritas colegialas se dejan coger por el chico que les gusta a las dos

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Las dos morritas colegialas estaban nerviosas, con las faldas cortas ajustadas y las blusas provocativas que apenas cubrían sus tetas recién desarrolladas. El chico que les gustaba a ambas las miraba con deseo, sabiendo que pronto estaría culeando sus inocentes culitos.

‘¡Vamos al cuarto de atrás, nenas!’, exclamó el chico con una sonrisa perversa, sus manos ansiosas por agarrar esas caderas juveniles y entrar en sus vaginas húmedas y estrechas.

Una vez en la habitación, las morritas se arrodillaron frente al chico, ansiosas por mamar su verga tiesa y saborear su venida caliente. ‘Mamando pija es lo que mejor sabemos hacer’, murmuró una de las colegialas con lujuria en los ojos.

El chico las empujó hacia la cama, donde las morritas gemían de placer al sentir sus manos ávidas explorando sus cuerpos. Sin decir una palabra, el chico se quitó la ropa y se preparó para cogérselas sin compasión.

‘¡Cógeme primero a mí!’, gritó una de las morritas, con su concha ansiosa por sentir la verga del chico penetrándola una y otra vez, mientras la otra colegiala observaba excitada, ansiosa por unirse a la cogida.

Con movimientos bruscos y salvajes, el chico comenzó a penetrar a la morrita, haciéndola gemir y jadear de placer. Sus manos fuertes agarraban sus caderas con fuerza, marcando su culo con marcas rojas de deseo y lujuria.

‘¡Sí, así, métemela toda! ¡Hazme tuya por completo!’, gritaba la morrita entre gemidos y suspiros, sintiendo la verga del chico abrirse paso en su interior y llenarla de placer y dolor al mismo tiempo.

La otra morrita no podía contenerse más y se unió a la culeada, ofreciendo su culo al chico para que la penetrara también. La habitación se llenó de gemidos, gritos y el sonido húmedo de las vergas entrando y saliendo de sus conchas estrechas y calientes.

‘¡Sí, dame más! ¡Cógeme como a una puta!’, suplicaba una de las morritas, con su cuerpo temblando de placer y sus tetas saltando con cada embestida del chico.

El sudor y el olor a sexo inundaban la habitación, mientras las morritas eran cogidas una y otra vez, sin descanso, sin piedad. El chico las hacía sentir como las putas más sucias y deseadas del mundo, y ellas lo disfrutaban de una manera que nunca habían imaginado.

Los cuerpos sudorosos se movían en perfecta armonía, buscando el éxtasis y la culminación de tanto deseo acumulado. Las morritas eran cogidas y culeadas con fuerza, sintiendo cada embestida como un golpe de placer y dolor que las llevaba al borde del abismo.

Finalmente, el chico no pudo contenerse más y se corrió, llenando las conchas de las morritas de su venida caliente y espesa. Ellas gemían de placer, sintiendo el semen del chico llenarlas y marcarlas como suyas para siempre.

Exhaustos y satisfechos, los tres quedaron tendidos en la cama, envueltos en el olor a sexo y la satisfacción de haber cumplido todas sus fantasías más sucias y prohibidas.

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