mi amiga borracha se pone caliente y quiere que me la coja

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La noche estaba cargada de alcohol y desenfreno. Mi amiga, completamente borracha, se retorcía en el sofá, con la mirada perdida y la ropa ajustada marcando sus curvas. Sus pechos se escapaban por el escote, sus muslos brillaban con el sudor de la pista de baile. Su aliento olía a mezcla de vodka barato y deseo incontrolable.

‘¡Vamos a divertirnos un poco más, cariño!’, susurró ella con voz ronca, acercándose a mí con una sonrisa traviesa. Sin poder resistirme a la tentación de su cuerpo caliente, comencé a acariciar sus muslos, subiendo lentamente hasta llegar a su entrepierna, notando lo mojada que ya estaba.

Entre jadeos y risas ebrias, nos desnudamos con torpeza, tropezando con la mesa y derramando tragos por doquier. Sus pezones duros como piedras me llamaban, suplicando ser chupados y mordidos. Mis dedos exploraron su sexo ansioso, encontrando una humedad pegajosa que indicaba su excitación desbocada.

‘¡Quiero que me cojas ya!’, gritó ella con desesperación, empujándome hacia el sofá y montándose encima de mí. Sus caderas se movían con urgencia, rozando mi erección que palpitaba de deseo. La visión de su trasero redondo me enloquecía, deseando penetrarla hasta el fondo y hacerla gemir sin control.

La penetré sin miramientos, sintiendo cómo su interior apretado se abría para recibirme. Los gemidos se mezclaban con risas, creando una sinfonía de lujuria desenfrenada. Cada embestida era un choque de placer y dolor, un vaivén de cuerpos sudorosos que se entregaban al deseo más primitivo.

‘¡Métemela toda, no pares!’, suplicaba ella entre jadeos entrecortados, agarrándome con fuerza de los hombros y arañando mi espalda con pasión desenfrenada. El sonido de nuestras pieles chocando resonaba en la habitación, acompañado por el aroma a sexo que impregnaba el aire.

El sudor resbalaba por nuestros cuerpos entrelazados, formando ríos de excitación que inundaban el sofá y el suelo. Cada embestida era como un terremoto de placer, sacudiendo nuestros sentidos y sumergiéndonos en un mar de lujuria sin límites.

‘¡Sí, sí, sí!’, gemía ella sin control, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba como una ola imparable. Sus uñas clavadas en mi piel, su espalda arqueada de placer, su voz quebrada por el éxtasis inminente.

El clímax nos envolvió en un torbellino de sensaciones indescriptibles. Los cuerpos tensos, los gemidos ahogados, las miradas cómplices que sabían que estábamos alcanzando el punto más alto del placer compartido.

‘¡Ven en mi culo, lléname de semen!’, suplicó ella con una lujuria sin límites, provocando que mi orgasmo estallara con una potencia incontrolable. El calor de mi eyaculación la llenó, cubriendo su espalda y nalgas con una cascada de placer puro.

Quedamos exhaustos, abrazados en el sofá, envueltos en el aroma a sexo y satisfacción. El amanecer nos encontró desnudos y saciados, con la certeza de que aquella noche de desenfreno quedaría grabada en nuestra memoria para siempre.

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