cogiendo despues de clases a una cole muy cachonda

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Después de un agotador día de clases en la universidad, con esa cole cachonda que siempre anda provocando con sus falditas cortas y su escote pronunciado, no pude resistir la tentación de llevármela a mi apartamento para cogerla como se lo merece. Sus ojos lujuriosos y su sonrisa traviesa me incitaban a desvestirla lentamente, mientras su respiración agitada delataba el deseo que quemaba entre sus piernas. La habitación se llenó de la excitante fragancia a sudor y lujuria cuando ella se arrodilló frente a mí, dispuesta a devorar mi verga con ansias desenfrenadas.

Sin mediar palabra, ella comenzó a mamarme como si fuera su última cena, tragando cada centímetro de mi pija con voracidad, mientras gemía de placer. ‘¡Más duro, más profundo!’, gritaba entre jadeos, mostrando su lado más salvaje y desinhibido. Mis manos ávidas recorrieron su espalda sudorosa hasta llegar a su culito redondo y perfecto, acariciando cada rincón de su piel suave y ardiente.

El calor del momento nos envolvía, y sin pensarlo dos veces, la recosté sobre la cama y me adentré en su concha empapada, sintiendo cada contracción de su sexo estrecho que pedía a gritos ser penetrado. Sus gemidos eran la melodía perfecta que acompañaba el sonido de nuestros cuerpos chocando con furia, en una danza erótica cargada de pasión y lujuria desbordante.

‘¡Coge mi concha como si fuera la última vez!’, exclamó entre gemidos entrecortados, mientras su rostro se perdía en una mueca de placer indescriptible. La visión de sus tetas saltando al compás de mis embestidas era un espectáculo digno de admirar, un festín visual que encendía aún más la llama de la lujuria que ardía en mi interior.

El sudor resbalaba por nuestros cuerpos entrelazados, creando un ambiente húmedo y pegajoso que aumentaba la intensidad del momento. Mis embestidas se volvían más salvajes, más profundas, más desgarradoras, arrancando gemidos ahogados y exclamaciones de goce extremo de su garganta. ‘¡Así, así, no pares!’, suplicaba sin aliento, entregándose por completo a la vorágine del placer desenfrenado.

El éxtasis se apoderaba de cada célula de nuestro ser, llevándonos al borde del abismo del placer más absoluto. Cada embestida era un viaje sin retorno hacia el clímax más intenso, un torbellino de sensaciones que nos sumergía en un mundo de placer inigualable, donde solo existíamos ella, yo y la lujuria que nos consumía.

Con un último embate colosal, sentí cómo su cuerpo se estremecía en un orgasmo desbordante, su concha apretándose alrededor de mi pija con fuerza extrema, exprimiendo hasta la última gota de placer que guardaba en su interior. Los espasmos de su cuerpo convulsionando en un éxtasis infinito desencadenaron mi propio orgasmo, inundando su interior con mi venida caliente y salvaje.

Nos quedamos tendidos en la cama, exhaustos y saciados, envueltos en un silencio cómplice que hablaba más que mil palabras. El sudor perlaba nuestra piel, mezclando nuestros fluidos en una danza sensual que sellaba nuestro encuentro de pasión desenfrenada. Sabíamos que volveríamos a encontrarnos en esa misma vorágine de deseo y lujuria, dispuestos a perder el control una vez más en un cúmulo de placer sin límites.

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