Martha de durango esta bien mojadita y masturbandose en el baño

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Martha de Durango, una mujer entrada en años pero con un deseo insaciable de verga, estaba aburrida en casa. Su marido, un inútil que no le daba lo que ella necesitaba, estaba trabajando en la mina y ella tenía todo el día para satisfacer sus perversos deseos. Vestida con una blusa escotada que apenas sostenía sus tetas caídas y una falda corta que dejaba al descubierto sus muslos gruesos y celulíticos, Martha se sentía caliente y lista para hacer algo sucio. La humedad entre sus piernas le recordaba lo mucho que necesitaba una buena cogida.

Entró al baño y se miró en el espejo, observando su reflejo sudoroso y lascivo. Sus dedos ansiosos recorrieron su piel flácida, deteniéndose en sus pezones arrugados que ansiaban ser mordidos. Con una sonrisa traviesa, se quitó la ropa interior y se sentó en el borde del lavabo, abriendo las piernas de par en par. Su concha peluda brillaba con excitación, lista para ser penetrada y maltratada.

Martha se acarició lentamente, sintiendo su humedad aumentar con cada roce. Gimió suavemente, imaginando una verga dura entrando y saliendo de su interior. Se mordió el labio inferior, deseando con ansias sentir el dolor placentero de una buena cogida. Sus dedos expertos encontraron su clítoris hinchado y lo acariciaron con fuerza, provocando oleadas de placer que recorrían todo su cuerpo.

‘¡Oh sí, cógete mi concha mojada, papi!’ gemía Martha mientras se masturbaba con furia. ‘¡Quiero sentirte dentro de mí, destrozándome sin piedad!’ Su voz ronca resonaba en las paredes del baño, mezclándose con el sonido de sus dedos entrando y saliendo de su vagina empapada.

El sudor perlaba su frente y su cuerpo temblaba de excitación. Martha se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos en el frío mármol del lavabo. Sus nalgas flácidas se abrieron de par en par, revelando su agujero oscuro y ansioso. Con un gemido desesperado, comenzó a tocarse el culo, imaginando una verga gruesa abriéndose paso en su recto sin compasión.

‘¡Fóllame el culo, papi, hazme tuya por completo!’ gritaba Martha, sintiendo cómo la lujuria la consumía por dentro. Sus dedos se deslizaron por su esfínter apretado, preparándolo para la invasión anal que tanto ansiaba. El dolor y el placer se entrelazaban en su mente, creando una vorágine de sensaciones indescriptibles.

Con un gemido ahogado, Martha introdujo un dedo en su culo, sintiendo cómo se abría paso lentamente en su interior. El ardor la invadió, pero ella no se detuvo. Su otra mano seguía estimulando su clítoris con frenesí, acercándola cada vez más al orgasmo que tanto buscaba.

El baño se llenó de gemidos guturales, el sonido de sus fluidos mezclándose con el eco de sus fantasías más oscuras. Martha estaba al borde del abismo, a punto de dejarse llevar por la marea de placer que amenazaba con arrastrarla hacia lo desconocido.

‘¡Sí, sí, sí!’ gritaba Martha, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba en el éxtasis inminente. ‘¡Voy a venirme, voy a correrme como una puta sucia que soy!’ Sus caderas se arquearon hacia adelante, sus piernas temblaron y su esfínter se contrajo en un espasmo de placer indescriptible.

Un chorro de líquido caliente se derramó de su vagina, mojando el suelo y mezclándose con sus lágrimas de gozo. Martha se derrumbó sobre el lavabo, exhausta pero completamente satisfecha. Había encontrado el placer que tanto buscaba, en la soledad de su baño y con sus propias manos como únicas compañeras de juegos sucios.

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