Subiendo al transporte publico

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Subiendo al transporte público, ella vestía una minifalda ajustada que dejaba poco a la imaginación. Sus tetas, en un escote pronunciado, parecían querer escapar de la tela. Él, detrás de ella, no podía resistir la tentación de mirarle el culo cada vez que se inclinaba ligeramente al agarrarse de los pasamanos. El calor del verano se mezclaba con el sudor que perlaba sus cuerpos, creando un ambiente cargado de deseo y lujuria.

Él se acercó más, rozando su verga erecta contra sus nalgas. Ella giró ligeramente la cabeza y le sonrió traviesa. ‘¿Te gusta lo que ves, papi?’, susurró al oído con voz juguetona. Él asintió sin poder articular palabra. Sin previo aviso, ella se agachó y desabrochó su pantalón, liberando su pija dura como roca.

Con destreza, ella comenzó a mamarle la verga con ansias, deslizando su lengua áspera por toda su extensión. Él gemía de placer, sintiendo cómo su miembro crecía aún más en su boca húmeda y caliente. Los pasajeros a su alrededor parecían no darse cuenta de la obscena escena que se desarrollaba justo frente a ellos.

Entre jadeos y gemidos contenidos, él le indicó que se levantara. Sin decir una palabra, la inclinó sobre uno de los asientos y levantó su falda, dejando al descubierto su concha mojada y lista para ser cogida. Con un solo movimiento, la penetró con fuerza, haciéndola gemir de placer y dolor al mismo tiempo.

‘¡Sí, cógeme fuerte, dame duro!’, exclamaba ella entre gemidos. Él embestía con violencia, sintiendo cómo su verga se perdía una y otra vez en lo más profundo de su vagina ardiente. Los sonidos de la cogida resonaban en el aire, mezclándose con los ruidos propios del transporte público en movimiento.

El vaivén continuaba, cada embestida hacía que ella se aferrara con fuerza al asiento, sus tetas rebotando con el ritmo frenético. Él sentía el calor aumentar en su interior, la necesidad de soltar toda su venida en ella. Sin previo aviso, sacó su verga y la giró bruscamente, introduciéndola en su ano sin lubricación, provocando un quejido mezclado de dolor y placer en ella.

El sexo anal era violento, sucio, y ambos lo disfrutaban de una manera que rozaba lo salvaje. El sonido de la carne chocando contra carne se unía al gemido de ambos, formando una sinfonía obscena que inundaba el pequeño espacio del transporte público. El sudor se mezclaba con los fluidos que emanaban de sus cuerpos, creando una película brillante sobre sus pieles.

‘¡Sí, sí, dame tu leche en mi culo, lléname de semen!’, gritaba ella entre jadeos. Él no pudo resistirse más y con un último empujón, se dejó ir en un torrente de venida que llenó por completo su recto. Ambos se dejaron caer exhaustos en los asientos, saboreando el éxtasis de la culeada en pleno transporte público.

Así, entre gemidos contenidos y miradas furtivas, culminó su aventura sexual en un lugar tan inapropiado como excitante. Se acomodaron la ropa, se miraron con complicidad y descendieron del transporte público, sabiendo que siempre llevarían consigo el recuerdo de aquella cogida salvaje e inesperada.

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