era su primera vez a si que se lo hize despacio

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La habitación estaba cargada de un calor pegajoso y un olor a sexo que invadía cada rincón. Ella, una jovencita inocente con mirada de deseo, se encontraba temblando de nerviosismo. Él, un macho alfa con la verga lista para coger, le sonreía con malicia mientras se quitaba lentamente la camiseta, dejando ver su torso sudoroso y musculoso.

«¿Listo para que te culee bien rico, nena?», susurró él en su oído, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda. «S-sí», balbuceó ella, mordiéndose el labio inferior con ansias de placer.

Se acercaron lentamente, sus cuerpos pegajosos por el sudor se rozaban con deseo. Él la tomó con firmeza de las caderas y la empujó hacia la cama, donde la arrojó con fuerza. La ropa volaba por los aires, dejando al descubierto la piel tersa y excitada de ambos.

«¡Ábreme ese culo, putita! ¡Quiero cogerte hasta hacerte sangre!», ordenó él con voz ronca, mientras jugaba con su verga ya erecta y goteando líquido preseminal. Ella obedeció sin dudar, dispuesta a dejarse hacer cualquier cosa por su amo de placer.

Las manos ásperas de él exploraban cada centímetro de su cuerpo, apretando con fuerza sus tetas pequeñas y provocando gemidos de dolor y placer a partes iguales. Ella se retorcía de gusto, deseando sentir la verga dura de su dominador en lo más profundo de su ser.

«¡Aquí va mi pija, bebé! ¡Prepara tu concha para recibirme!», gritó él con una lujuria desenfrenada, antes de embestirla con furia. Los gemidos se mezclaban con el sonido húmedo de la penetración, creando una sinfonía de placer que llenaba la habitación.

El ritmo era frenético, brutal, salvaje. Cada embestida era un golpe seco que la hacía gritar de dolor y placer al mismo tiempo. Él la cogía con una pasión primitiva, sin compasión, sintiendo cómo su verga palpitaba de deseo en el interior de su concha apretada.

«¡Sí, sí, sigue así! ¡Dame más fuerte, más profundo! ¡Hazme tuya por completo!», suplicaba ella entre gemidos entrecortados, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba como una ola imparable.

Y entonces, en un último empujón desgarrador, él se dejó ir por completo, vaciando su semen ardiente en lo más profundo de su ser. Ella alcanzó el clímax en un torrente de placer incontrolable, gritando su nombre en éxtasis mientras su cuerpo temblaba de satisfacción.

Se quedaron tendidos en la cama, exhaustos y cubiertos de sudor y fluidos corporales, sabiendo que habían alcanzado un nivel de intimidad y pasión que los uniría para siempre en un lazo indisoluble de lujuria.

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