cuando la ponen en cuatro patitas se vuelve loca

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La habitación estaba impregnada de un olor a sexo y deseo, el sudor perlaba las frentes de ambos cuerpos ansiosos. Ella, arrodillada en el suelo, esperaba ansiosa la embestida que sabía que vendría. Él se acercó por detrás, agarrando con fuerza sus caderas, listo para poseerla de la forma más salvaje posible.

‘¡Te ves tan puta en cuatro patitas, zorra! Voy a cogerte tan duro que no vas a poder caminar mañana’, gruñó él con voz ronca, anticipando la cogida que estaba por venir.

Las manos ásperas de él se deslizaron por sus muslos, acariciando la piel desnuda que pedía a gritos ser tocada. Los gemidos comenzaron a llenar la habitación, mezclándose con el sonido de la cama chirriando con cada embestida.

‘¡Métemela toda, papito! ¡Quiero sentir tu verga hasta el fondo de mi culo!’, suplicó ella entre jadeos, ansiosa por ser perforada sin piedad.

La verga dura como piedra encontró su entrada, abriéndose paso sin compasión en el estrecho agujero que ansiaba ser rellenado. Cada embestida era un tormento delicioso, un dolor placentero que la hacía gemir de puro gozo.

‘¿Te gusta ser cogida así, eh? ¡Toma más, perra! ¡Vas a quedar tan abierta que no podrás sentarte por días!’, exclamó él con una lujuria desenfrenada, embistiendo con más fuerza si eso era posible.

El sonido húmedo de la verga entrando y saliendo de su culo resonaba en la habitación, acompañado por los gemidos guturales de placer que escapaban de sus gargantas. Cada embestida la llevaba más cerca del abismo del éxtasis.

‘¡No pares, sigue cogiéndome así! ¡Voy a venirme tan fuerte que vas a sentir cómo me empapo con mi venida!’, gritó ella entre gemidos, sintiendo la ola de placer acercarse irremediablemente.

Los cuerpos sudorosos se movían en perfecta armonía, el vaivén de las caderas era un espectáculo de lujuria desenfrenada. Él no paraba, embistiendo una y otra vez, sintiendo cómo el éxtasis se apoderaba lentamente de él también.

‘¡Toma mi verga, puta! ¡La quieres toda, ¿verdad? ¡Vas a recibir cada centímetro de mi pija hasta que no puedas más!’, rugió él, dejando claro que no pararía hasta haberla complacido por completo.

El placer se apoderaba de cada poro de sus cuerpos, la temperatura subía hasta límites insospechados. Los movimientos se volvían más frenéticos, más desesperados, buscando alcanzar juntos el clímax definitivo.

‘¡Así, así, sigue cogiéndome! ¡No pares, por favor, no pares! ¡Voy a venirme, voy a…!’, los gemidos se convirtieron en un grito ahogado de placer, el orgasmo los envolvió en una vorágine de sensaciones indescriptibles.

La venida la tomó por sorpresa, una explosión de placer que la hizo temblar de pies a cabeza. Él la siguió, dejando salir un gruñido gutural que denotaba el éxtasis absoluto que lo invadía en ese momento de culminación.

Los cuerpos se desplomaron sobre la cama, exhaustos pero completamente satisfechos. El olor a sexo impregnaba la habitación, testigo mudo de la pasión desenfrenada que acababa de tener lugar.

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