Estaba harto de que esa zorra no me contestara los mensajes. La muy puta se creía que podía ignorarme, pero yo le iba a enseñar quién mandaba. La encontré en un bar, con su vestidito ajustado y sus tacones de puta barata. Me acerqué a ella, la agarré del brazo con fuerza y le dije entre dientes: ‘Hoy te cogeré tan duro que no podrás ni pensar en ignorarme’.
Ella soltó una risita nerviosa, pero en sus ojos vi la excitación contenida. Sabía que estaba mojada, lista para ser tomada. La arrastré hacia el baño, empujándola contra la pared. Le levanté el vestido y le bajé las bragas con brusquedad. Su culo estaba perfecto, listo para ser violado. Sin mediar palabra, le di una nalgada fuerte que resonó en el pequeño cubículo.
‘¡Cógete mi culo, cabrón!’, gritó ella, mientras yo sacaba mi verga dura y la restregaba por su raja. Su gemido me indicaba que necesitaba más, así que la penetré de un solo golpe. Gritó de placer y dolor, pero no importaba. La cogida que le estaba dando le demostraba quién tenía el control.
Luego la volteé, con la espalda apoyada en el sucio lavamanos. Su cara de zorra suplicante me ponía aún más cachondo. Le abrí las piernas de par en par y le clavé mi pija una y otra vez, sin compasión. La escuchaba jadear, suplicando por más.
‘¿Quieres que te folle más fuerte?’, le pregunté con voz ronca. Ella asintió, con los ojos vidriosos de deseo. La embestí con más fuerza, sintiendo su concha apretada contra mi verga hinchada. Cada embestida era un recordatorio de quién mandaba, de quién la estaba poseyendo sin piedad.
El sudor nos cubría a ambos, resbalando por nuestros cuerpos enredados en lujuria. Sus tetas rebotaban con cada embestida, provocándome aún más. Agarré su cuello con una mano, apretando solo lo suficiente para que sintiera quién estaba en control.
‘¡Voy a cogerte hasta que te duela!’, le dije entre gruñidos, sin dejar de moverme dentro de ella. Sabía que estaba al borde del abismo, a punto de caer en un orgasmo tan intenso que le haría olvidar todas las demás cogidas.
Y así fue. Con un grito ahogado, ella se vino en un torrente de placer, apretando mi verga con fuerza. Eso fue mi perdición. Sentí mi propia venida acercarse, así que la saqué de un tirón y me corrí sobre su espalda, marcándola como mía.
Después de ese encuentro, ella nunca más volvió a ignorar mis mensajes. Había aprendido quién mandaba, quién la cogía duro y quién la hacía suya. Y yo sabía que, cada vez que quisiera, podría volver a poseerla de la misma manera: con fuerza, con pasión y con el deseo más primitivo de hacerla mía.



