La chavita de prepa se sentía nerviosa, con el corazón latiendo acelerado y la piel erizada de deseo. Había fantaseado durante días con la idea de perder su virginidad, de entregarse por completo a un desconocido que supiera llevarla al éxtasis. Y esa noche, en una habitación sucia y mal iluminada, estaba a punto de cumplir su anhelo más oscuro. La atmósfera cargada de deseo y lujuria se palpaba en el aire, mezclada con el olor a tabaco rancio y alcohol barato. Los acordes de una canción de reggaetón resonaban en el ambiente, creando un ambiente casi surrealista para lo que estaba por suceder.
El chico con el que se encontraba era mayor que ella, con un rostro curtido por la vida y ojos que brillaban de excitación. Sus manos ásperas recorrían el cuerpo joven y terso de la chavita, causando un escalofrío que recorría su espina dorsal. Él sabía lo que hacía, cómo llevarla al borde del éxtasis y luego retroceder, jugando con sus deseos más profundos.
«¿Estás lista, nena?», susurró el chico con una voz ronca y llena de deseo, mientras acariciaba las curvas de la joven con manos expertas.
La chavita asintió con timidez, sintiendo la humedad entre sus piernas aumentar con cada caricia. Sin decir una palabra más, el chico la empujó suavemente hacia la cama, donde yacía un colchón raído y desgastado por el uso. Sin más preámbulos, se abalanzó sobre ella con una ferocidad contenida, como un animal hambriento ansioso por su presa.
Los besos se volvieron más intensos, más húmedos, como si quisieran devorarse mutuamente. Las manos del chico se perdieron en los pliegues de la falda corta de la chavita, subiendo lentamente por sus muslos hasta llegar a la orilla de su ropa interior. Con un movimiento rápido y experto, deslizó la tela a un lado, revelando la intimidad rosada y delicada que había estado esperando por él.
«¡Oh, dios mío!», jadeó la chavita, sintiendo cómo la electricidad recorría su cuerpo ante el contacto de los dedos del chico con su sexo virginal.
El chico sonrió con malicia, consciente del poder que tenía sobre la joven que yacía a su merced. Con movimientos precisos, comenzó a acariciar el clítoris de la chavita con delicadeza, provocando gemidos ahogados que se perdían en la noche. Luego, sin previo aviso, hundió un dedo en su interior, explorando los rincones más secretos y oscuros de su ser.
Cada embestida era más intensa, más profunda, hasta que la chavita estaba al borde del abismo, lista para dejarse caer en el vacío del placer. El chico, notando el cambio en la respiración y los gemidos de la joven, retiró sus dedos con brusquedad y se colocó sobre ella, con la verga dura y palpitante apuntando hacia el centro de su deseo.
«¿Lista para ser cogida, putita?», gruñó el chico, con los ojos brillando de deseo y lujuria desenfrenada.
La chavita asintió con desesperación, sintiendo cómo sus paredes vaginales se estiraban con cada centímetro de verga que la penetraba. El dolor inicial dio paso a un placer indescriptible, a una sensación de plenitud que la llenaba por completo, haciéndola sentir completa por primera vez en su vida. Y así, entre gemidos, suspiros y palabras sucias susurradas al oído, la chavita de prepa se dejó llevar por la marea de placer que la arrastraba hacia un abismo sin retorno.



