La chavita colegiala de prepa se llamaba Mariana, una jovencita de dieciocho años que despertaba las más bajas pasiones en cualquiera que se cruzara en su camino. Con su uniforme ajustado y su mirada traviesa, era la fantasía de muchos hombres mayores que ansiaban poseerla y disfrutar de su exuberante juventud.
En el barrio humilde donde vivía Mariana, se corrió el rumor de que una pandilla de chicos malos de la prepa la tenían en la mira. Querían hacerla suya, cogerla como se merecía y enseñarle lo que significaba el verdadero placer. La oportunidad llegó una tarde después de clases, cuando la sorprendieron sola en un callejón oscuro, entre risas y amenazas la rodearon y la obligaron a ponerse a cuatro patas.
El líder de la pandilla era un chico llamado Diego, fornido y con instintos salvajes que se reflejaban en su mirada lujuriosa. Sin mediar palabra, se acercó a Mariana, levantó su falda escolar y dejó al descubierto su trasero tentador. Los demás chicos se acercaron ansiosos, sacando sus vergas hinchadas y preparadas para lo que vendría a continuación.
El ambiente estaba cargado de deseo y suciedad, el olor a sexo y sudor impregnaba el callejón mientras los chirridos de los autos de fondo creaban una atmósfera de peligro y excitación.
«‘Mira como la vamos a coger, putita'», gritó Diego con una sonrisa maliciosa, tomando la cadera de Mariana y acomodándose detrás de ella.
«‘No, por favor, déjenme en paz'», suplicaba la colegiala, con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada.
Pero las súplicas de Mariana solo avivaron el deseo de los chicos, quienes sin compasión comenzaron a manosearla y a desnudarla con brusquedad. Pronto, estaba completamente expuesta frente a ellos, temblando de miedo y excitación por igual.
«‘Te vamos a hacer gozar como nunca, putita'», susurró uno de los chicos mientras acariciaba sus tetas firmes y erectas.
Diego no perdió tiempo y sin más preámbulos, se colocó frente al rostro de Mariana y le ofreció su verga dura y ansiosa. La colegiala, temblando y resignada, abrió la boca y comenzó a mamar con desesperación, sintiendo el sabor a sal de la piel y el calor de la pija en su lengua.
Los otros chicos no perdieron tiempo y se abalanzaron sobre el cuerpo de Mariana, acariciando cada rincón de su piel, rozando sus zonas íntimas y despertando en ella un torbellino de sensaciones prohibidas.
Lentamente, Diego se apartó de la boca de Mariana y la puso a cuatro patas nuevamente, preparándose para penetrarla y hacerla suya de la manera más brutal. Con un empujón brusco, introdujo su miembro viril en la concha mojada de la colegiala, sintiendo cómo apretaba su verga con fuerza en medio de gemidos y suspiros de dolor y placer.
«‘¡Sí, así, métela toda!'», gritaba Diego, embistiendo con fuerza y determinación, mientras Mariana se aferraba al suelo con las manos temblorosas, sintiendo cada embestida como un castigo y una bendición al mismo tiempo.
Los otros chicos observaban con lujuria y deseo, ansiosos por probar también el delicioso cuerpo de la colegiala en celo. Uno de ellos se acercó por detrás de Mariana y sin miramientos, comenzó a estimular su ano con su dedo, preparándolo para lo que vendría a continuación.
La chavita gemía y se retorcía de placer, sintiendo cómo era invadida por dos miembros al mismo tiempo, experimentando sensaciones que nunca había imaginado en sus más oscuros sueños.
La follo a ritmo desenfrenado, embistiéndola con fuerza y pasión, mientras el otro chico continuaba estimulando su ano con más intensidad, preparándola para el placer desconocido del sexo anal.
La colegiala, perdida en un mar de sensaciones y placer, se entregó por completo al deseo y al éxtasis, dejándose llevar por la lujuria y la perversión de aquellos chicos que la tenían a su merced, dispuestos a llevarla al límite una y otra vez.




