En la calurosa tarde de verano, en un pequeño pueblo mexicano, se encontraba una jovencita estudiante del CETIS, de apenas 18 años, cuyo nombre era Mariana. Ella había quedado en encontrarse con su novio Pedro en la casa abandonada ubicada al final de la calle. La pasión entre ellos era desbordante, y aquella tarde no sería la excepción.
El lugar estaba lleno de polvo y humedad, con muebles viejos y desgastados que crujían con cada movimiento. La tensión sexual se palpaba en el ambiente, mientras Mariana se despojaba lentamente de su uniforme escolar, dejando al descubierto su diminuta tanga rosada y su sostén a juego. Pedro, por su parte, no podía apartar la vista de ese delicioso culito que se le ofrecía en cuatro patas.
‘Mmm, que delicioso culito tienes, Mariana. Estoy ansioso por cogértelo toda la tarde’, murmuró Pedro con voz ronca, acercándose a ella lentamente.
‘Oh, sí, papito. Haz conmigo lo que quieras. Quiero sentir tu verga dura dentro de mí’, respondió Mariana con voz entrecortada, ansiosa por sentir el placer que solo Pedro podía darle.
Las manos de Pedro recorrieron el cuerpo de Mariana con avidez, apretando sus tetas firmes y acariciando su suave piel. La excitación los envolvía, y no podían contenerse más. Pedro se quitó la camisa con rapidez, dejando al descubierto su pecho musculoso y tatuado, mientras Mariana se mordía los labios de deseo.
‘Vamos a hacer un video para recordar esta cogida para siempre, mi amor. Quiero ver tu cara de placer mientras te penetro una y otra vez’, dijo Pedro con malicia, sacando su teléfono y encendiendo la cámara.
La luz tenue que se filtraba por las ventanas polvorientas iluminaba la escena, creando un aura de intimidad y lujuria. Mariana se colocó en cuatro sobre un viejo colchón desgastado, elevando su culito en señal de sumisión y ansia de placer.
‘¡Así, Mariana! ¡Qué rico culo tienes! Estoy deseando cogerte hasta que te tiemblen las piernas’, exclamó Pedro con un brillo de deseo en los ojos.
‘Sí, sí… Hazlo, Pedro. Quiero sentirte dentro de mí’, gemía Mariana, arqueando la espalda y ofreciendo su sexo húmedo a su amante ansioso.
El sonido de la carne chocando resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos y suspiros de placer de la pareja. Pedro embestía a Mariana con fuerza y determinación, llevándolos a ambos al borde del éxtasis.
‘¡Qué apretadita estás, putita! ¡Tu concha me enloquece!’, gritaba Pedro, sumergido en la lujuria de la momentánea unión carnal.
‘¡Sí, sí, así! Más fuerte, más profundo… No pares, no pares…’, suplicaba Mariana, con los ojos cerrados y la boca entreabierta en éxtasis puro.
La temperatura en la habitación aumentaba con cada embestida, con cada gemido, con cada contacto piel con piel. Pedro tomó a Mariana por las caderas y la embistió con más fuerza, sintiendo el placer acumulado a punto de estallar.
‘¡Estoy a punto de venirme, Mariana! ¡Aguanta un poco más!’, exclamó Pedro, sintiendo la presión en sus entrañas a punto de liberarse en un torrente de placer incontenible.
Los cuerpos sudorosos se movían al compás de la pasión desenfrenada, mientras el éxtasis se acercaba rápidamente. Mariana arqueó la espalda y soltó un gemido agudo, indicando que ella también estaba al borde del orgasmo.
En un último impulso de deseo desenfrenado, Pedro se dejó llevar por la avalancha de sensaciones, vaciando su venida en el interior de Mariana con un grito gutural de placer infinito.
El orgasmo los envolvió a ambos, llevándolos a un estado de éxtasis indescriptible. El sudor perlaba sus cuerpos desnudos, mezclándose en un torrente de placer compartido.
Así, entre gemidos y suspiros, Mariana y Pedro se fundieron en un abrazo apasionado, sintiendo el calor mutuo de su amor y deseo en aquel lugar olvidado por el tiempo.


