‘Vamos, putita, abre bien esa boquita’, le ordenó el hombre de mediana edad a la joven chavita de dieciocho años que se encontraba de rodillas frente a él. La habitación estaba mal iluminada, con la única fuente de luz proveniente de una lámpara tenue que parpadeaba intermitentemente. El sudor corría por el rostro del hombre, cuya respiración entrecortada denotaba la excitación que le provocaba la escena que estaban a punto de protagonizar.
La chavita, vestida únicamente con una minifalda escocesa y una blusa de tirantes ajustada, parecía sumisa ante las demandas del hombre. Sin embargo, en sus ojos se podía apreciar un destello de incomodidad, quizás incluso de repugnancia, al anticipar lo que estaba por ocurrir. Su piel morena contrastaba con la palidez de la verga que se le presentaba ante la cara.
‘No puedo, no quiero’, susurró la chavita, pero la mirada lujuriosa del hombre la obligó a abrir la boca y aceptar el miembro que se le ofrecía. Con desgano, comenzó a lamer la cabeza hinchada, sintiendo el sabor salado del precum en su lengua. La verga se endureció aún más ante la succión de sus labios inexpertos.
‘Eres una putita obediente, ¿verdad? Te encanta tener la verga entre tus labios’, murmuró el hombre mientras acariciaba el cabello de la chavita con una mano. Con cada embestida de cadera, la joven sentía cómo el pene rozaba su garganta, provocándole arcadas que no podía controlar. Las lágrimas brotaban de sus ojos, mezclándose con la saliva que ahora cubría su mentón.
El hombre la soltó de repente, dejándola respirar con dificultad mientras se quitaba los pantalones y se acomodaba detrás de ella. Sin previo aviso, la penetro en un movimiento brusco que la hizo gemir de dolor. La chavita intentaba resistirse, pero la fuerza del hombre la mantenía inmovilizada mientras él embestía una y otra vez.
‘¡Sí, así me gusta, eres una zorra sumisa que necesita verga!’, gritaba el hombre, su voz llena de deseo desenfrenado. La chavita cerró los ojos, intentando bloquear el dolor que sentía en su interior, concentrándose en el placer que empezaba a despertar en lo más profundo de su ser.
Cada embestida era más intensa que la anterior, haciendo que la chavita gimiera y se retorciera de placer. La sensación de llenitud la invadía, mezclando el dolor inicial con una placentera satisfacción que la hacía perder la noción del tiempo y del espacio.
El hombre la tomó del cabello y la obligó a mirarlo a los ojos mientras seguía culeando con furia. La expresión de asco en el rostro de la chavita se desvaneció gradualmente, siendo reemplazada por una mezcla de placer y sumisión que la sorprendió a sí misma.
‘¡Cógeme más duro, sí, sí, dame verga hasta el fondo!’, gritó la chavita, entregándose por completo al frenesí del momento. El hombre respondió a sus deseos aumentando la velocidad y la fuerza de sus embestidas, llevándolos a ambos al borde del éxtasis.
Con un último empujón, el hombre se dejó llevar por el orgasmo, llenando el interior de la chavita con su semen caliente. El líquido viscoso se desbordaba, manchando la ropa de la joven y dejando una sensación pegajosa en su interior.
La chavita sintió un fuerte rechazo al notar el calor del fluido en su interior y en su rostro. Instintivamente, intentó apartarse, limpiándose con la mano y evitando que el semen le cayera en la cara. Sin embargo, ya era demasiado tarde.
‘¿Qué pasa, putita? ¿Te da asco mi leche en tu cara? Eres una cochina que necesita aprender a disfrutar de todo’, burló el hombre mientras acariciaba la piel empapada de la joven. La chavita se sintió humillada y vulnerable, pero también excitada por la situación.
La habitación quedó sumida en un silencio pesado, roto únicamente por la respiración agitada de la joven y del hombre. Ambos se miraron a los ojos, sin decir una palabra, dejando que el peso de la experiencia los envolviera en un aura de pasión y deseo desenfrenado.



