alumnos de prepa cogiendo a escondidas en el colegio

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Los pasillos del colegio resonaban con sus risas nerviosas y los murmullos excitados de los alumnos de preparatoria. Era tarde, las aulas estaban vacías, pero ellos dos se habían quedado después de clases por alguna excusa sin importancia. Él, un chico atlético con mirada traviesa y ella, una joven pelirroja de curvas generosas y sonrisa pícara. Ambos se encontraron en la penumbra de un salón abandonado, con el deseo latente entre ellos.

El aire estaba cargado de electricidad, la tensión sexual se podía cortar con un cuchillo. Él se acercó a ella con determinación, atrapando su boca en un beso hambriento que la hizo gemir suavemente. Sus manos se deslizaron por su espalda, acariciando cada centímetro de piel que encontraban a su paso, hasta llegar a su trasero.

‘¿Estás lista para esto?’, murmuró él entre besos húmedos en su cuello.

‘Sí, hazme tuya aquí mismo’, respondió ella con voz entrecortada por la excitación.

Después de un rápido vistazo para asegurarse de que no había nadie cerca, él la empujó suavemente hacia una mesa polvorienta en un rincón oscuro del salón. Sus manos temblaban ligeramente mientras desabotonaba su blusa, revelando un sujetador negro que apenas podía contener sus voluptuosos pechos.

‘¿Te gustan mis tetas, verdad?’, dijo ella con una sonrisa traviesa.

‘Me encantan’, respondió él con voz ronca, acercándose para lamer un pezón a través de la tela.

Los gemidos comenzaron a llenar la habitación mientras él desabrochaba su pantalón y dejaba al descubierto su verga palpitante. Sin mediar palabra, ella se arrodilló frente a él y tomó su miembro en su mano, comenzando a moverla con destreza.

‘Mmm, qué bien la chupas’, jadeó él, sintiendo cómo el placer se extendía por todo su cuerpo.

Ella se detuvo un momento para mirarlo a los ojos, con una mirada llena de deseo y lujuria. Sin decir nada más, envolvió sus labios alrededor de su verga, chupando con ansias y disfrutando de cada gemido que arrancaba de él.

La excitación era palpable en el aire, el sudor perlaba las frentes de los amantes clandestinos. Él la levantó bruscamente, haciendo que se inclinara sobre la mesa, con el trasero en pompa y la concha expuesta ante él.

‘Voy a cogerte tan fuerte que no podrás olvidarlo’, gruñó él, presionando su verga contra su entrada mojada.

Con un solo movimiento, la penetró con fuerza, sintiendo cómo se estremecía de placer bajo él. Los embates eran rápidos y salvajes, cada embestida llevaba a ambos al borde del éxtasis.

‘¡Sí! ¡Sigue así! ¡No pares!’, gemía ella, sintiendo cómo su cuerpo respondía al placer desenfrenado.

El sonido de la carne chocando contra la mesa se mezclaba con los gemidos y los susurros obscenos que escapaban de sus labios. El fuego del deseo los consumía, haciéndolos perderse en un torbellino de pasión desenfrenada.

Él la tomó con una mano del cabello, tirando ligeramente de él para arquear su espalda y permitirse una penetración aún más profunda. Cada embestida era un gemido, cada gemido era un grito de placer desenfrenado.

‘¡Oh, sí, así! ¡No pares, no pares!’, jadeaba ella, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba implacable.

La velocidad aumentaba, el sudor empapaba sus cuerpos entrelazados en una danza erótica sin igual. Los gemidos se intensificaban, el éxtasis estaba al alcance de la mano.

Finalmente, con un último embate, ella se dejó llevar por la oleada de placer que la invadió por completo, gritando su liberación en un alarido gutural que resonó en las paredes del aula.

Él la siguió al instante, dejándose llevar por la vorágine de sensaciones que lo llevó al borde del abismo y lo empujó al vacío del orgasmo más intenso que había experimentado en su vida.

Así, exhaustos y saciados, se quedaron allí, abrazados y temblando de placer en medio de un aula vacía donde la pasión había dejado su huella imborrable.

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