La amiga de la escuela, esa zorrita insaciable que siempre me provocaba con sus faldas cortas y escotes pronunciados, finalmente cedió a mis insinuaciones. Un viernes por la tarde, quedamos en su casa bajo el pretexto de estudiar, pero ambos sabíamos que ese día la lección sería de otra índole.
Al entrar a su habitación, el sudor empezó a empapar mi frente, pues sabía lo que se avecinaba. Ella se acercó con una sonrisa maliciosa y comenzó a desabotonar mi pantalón sin mediar palabra, liberando mi verga ansiosa de su prisión de tela.
‘¿Te gusta lo que ves, puta?’, le espeté mientras me quitaba la camiseta y la lanzaba al suelo. Sus tetas saltaron del brassier, esperando ser manoseadas y chupadas con lujuria.
Las manos de ella, ávidas de placer, recorrían mi cuerpo con desenfreno, mientras sentía su aliento caliente en mi cuello. ‘¡Cógeme ya, papi!’, exigía entre gemidos, impaciente por sentirme dentro de su concha empapada.
La escena se tornó un frenesí de gemidos, jadeos y cuerpos sudorosos que se unían en una danza de lujuria desenfrenada. Mis manos agarraban sus nalgas firmes y las apretaban con fuerza, mientras ella gemía de placer bajo mis embestidas.
‘¡Métemela toda, hasta el fondo!’, suplicaba ella, con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, ansiosa de sentirme en lo más profundo de su ser.
El vaivén de nuestros cuerpos se volvía cada vez más intenso, acompañado por el sonido húmedo de nuestros fluidos mezclándose en una sinfonía de placer. El sudor resbalaba por nuestra piel, mezclándose con el aroma del sexo que inundaba la habitación.
‘¡Ay, sí, dame más, dame más!’, gritaba ella en un éxtasis de deseo, mientras yo aceleraba el ritmo de mis embestidas, sintiendo cómo el éxtasis se acercaba a su punto culminante.
Finalmente, en un grito de placer compartido, ambos llegamos juntos al clímax, con ella arqueando la espalda y yo dejando escapar un gemido gutural que resonaba en toda la habitación.
Entre jadeos y risas nerviosas, nos quedamos tendidos en la cama, exhaustos pero satisfechos, sabiendo que esa tarde había sellado un pacto de lujuria que nos uniría para siempre.
Y así, la amiga de la escuela demasiado provocativa y muy putita terminó desnuda, pero con el alma saciada de deseos carnales y la certeza de que nuestro secreto nos uniría en un lazo indisoluble de pasión desenfrenada.


