amiga de la universidad con tremendo culazo de infarto enseñando todo

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La universidad era un hervidero de hormonas, y en medio de aquel caldeado ambiente se encontraba Carla, una amiga con un culazo de infarto que volvía locos a todos los hombres a su alrededor. Su trasero imponente parecía desafiar la gravedad en cada paso que daba, y no pasaba desapercibido para nadie.

Un grupo de estudiantes se había reunido en una fiesta clandestina en un viejo apartamento cerca del campus. La música estruendosa resonaba en las viejas paredes, y el aire estaba cargado de un aroma embriagador a alcohol y deseo desenfrenado. Entre la multitud, Carla bailaba de forma sensual, mostrando sin pudor su escultural figura enfundada en un diminuto short que apenas cubría sus nalgas carnudas.

Entre los presentes, se encontraba Martín, un compañero de clases que no podía apartar la mirada del culo de Carla. Su mente estaba nublada por la lujuria, y solo podía imaginar las delicias que se escondían debajo de aquel ajustado pantalón corto.

Tras horas de miradas cómplices y roces fortuitos, Carla se acercó a Martín con una sonrisa traviesa en los labios. Sin mediar palabra, lo tomó de la mano y lo condujo a una habitación contigua, donde la oscuridad y la promesa de lo desconocido se cernían sobre ellos.

Una vez a solas, Carla no perdió el tiempo y sin miramientos se quitó el short, revelando un tanga diminuto que apenas cubría sus atributos más preciados. Martín tragó saliva ante la visión de aquel trasero perfecto, redondo y firme, que lo invitaba a pecar de la manera más deliciosa.

‘¿Te gusta lo que ves, Martín?’, susurró Carla con voz sensual, mientras se acercaba lentamente a él. ‘Vamos a divertirnos un poco, ¿te parece?’

Martín asintió, incapaz de articular palabra ante la excitante proposición de su ardiente amiga. Sin más preámbulos, Carla se arrodilló frente a él y desabrochó su pantalón, liberando su verga ansiosa de experimentar el placer prohibido que se avecinaba.

Con habilidad y maestría, Carla comenzó a mamar la pija de Martín con avidez, lamiendo el glande con voracidad y provocando gemidos incontrolables por parte del joven universitario. Los gemidos se perdían en la música distante, mientras el ritmo frenético del placer se apoderaba de la habitación.

‘¡Oh sí, sigue mamando así, putita!’, gimió Martín entre jadeos, incapaz de contener el torrente de sensaciones que lo embargaba.

Carla continuó su labor oral con destreza, alternando succiones suaves con lamidas atrevidas que llevaban a Martín al borde de la locura. Cada roce de sus labios ardientes era como una descarga eléctrica que recorría su cuerpo, avivando el fuego que amenazaba con consumirlos a ambos.

Sin previo aviso, Martín tomó a Carla entre sus brazos y la depositó en la cama con un gesto dominante y salvaje. Sus manos ávidas recorrieron cada centímetro de la piel suave y delicada de la joven, mientras sus labios buscaban los pezones erectos que anhelaban ser devorados.

‘Cógeme, Martín. Hazme tuya’, suplicó Carla entre gemidos entrecortados, con los ojos brillando de deseo y entrega absoluta.

Martín no pudo resistirse a semejante invitación y se lanzó sobre ella con furia contenida, hundiendo su verga en lo más profundo de su concha húmeda y caliente. El gemido unísono que escapó de sus labios fue la sinfonía del placer desencadenado, una melodía lasciva que inundó la habitación y los envolvió en un torbellino de deseo.

Las embestidas eran cada vez más salvajes y desenfrenadas, el sonido de la carne chocando contra carne llenaba el aire enrarecido de la habitación. Carla arqueaba la espalda en un arrebato de éxtasis, entregándose por completo al vaivén rítmico de sus cuerpos fundiéndose en un solo ser de pura lujuria.

El sudor perlaba sus frentes unidos en un acto de comunión carnal, mientras el éxtasis se aproximaba como una ola imparable a punto de romper sobre ellos. Martín aumentó el ritmo de sus embestidas, sintiendo cómo el orgasmo se aproximaba como un huracán incontrolable que los arrastraría hacia la cúspide del placer absoluto.

‘¡Sí, sí, dame más, Martín! ¡Estoy a punto de venirme!’, gritó Carla entre gemidos desesperados, con los ojos nublados por el placer inminente.

Con un gruñido gutural, Martín se dejó llevar por el torrente de sensaciones que lo inundaba, y en un último embate brutal, descargó su semen caliente en el interior de Carla, llenándola de placer y éxtasis compartido.

El mundo se desvaneció en un remolino de sensaciones indescriptibles, dejando a Martín y a Carla exhaustos pero saciados, con la certeza de que aquel encuentro prohibido solo era el principio de algo mucho más intenso y apasionado que estaba por venir.

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