anciano le paga a una jovencita por dejarse coger en casa abandonada

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El sudor perlaba la frente arrugada del anciano mientras observaba con lujuria a la joven de tetas firmes que se acercaba, taconeando sobre el suelo polvoriento de la casa abandonada. Sus ojos codiciosos recorrían cada centímetro de su cuerpo, imaginando las perversiones que estaba dispuesto a cometer con ella a cambio de unos cuantos billetes arrugados.

«¡Esa concha joven será mía esta noche, putita!» -gritó el anciano con voz ronca, haciendo estremecer a la chica que apenas se atrevía a mirarlo a los ojos. Sin embargo, el brillo de la perversión en su mirada denotaba una aceptación silenciosa a cambio de dinero fácil.

La joven, con una mezcla de nerviosismo y excitación, dejó que el anciano la llevara a una habitación semi derrumbada. El olor a humedad y abandono se mezclaba con el aroma a deseo y lujuria que impregnaba el ambiente. Sin mediar palabra, el anciano comenzó a desnudar a la jovencita, revelando su piel suave y tersa que contrastaba con las arrugas y manchas de su propio cuerpo decrépito.

«¡Mamármela toda, pendeja!» -ordenó el anciano con voz autoritaria, obligando a la chica a arrodillarse y comenzar a mamar su verga flácida y arrugada. Los gemidos guturales del anciano resonaban en las paredes descascaradas, acompañados por los sonidos húmedos de la joven que se esforzaba por complacerlo.

Con una mueca de satisfacción, el anciano empujó a la joven sobre un colchón raído y la montó con ansias de un animal hambriento. Sus embestidas brutales hacían temblar el viejo marco de la cama, mientras la joven gemía entre mezcla de dolor y placer, sintiendo la verga reseca del anciano penetrándola sin piedad.

«¡Voy a cogerte tan fuerte que te voy a partir en dos, putita!» -gruñó el anciano, aumentando el ritmo de sus embestidas salvajes que hacían resonar el colchón en la habitación precaria. La joven, sometida a la brutalidad del anciano, no podía contener sus gemidos de dolor y placer, entregándose por completo a la degradante escena que se desarrollaba.

El anciano, con la mirada turbia de deseo, cambió de posición y se abalanzó hacia el culo de la joven, sin darle tiempo a reaccionar. Con fuerza y determinación, comenzó a cogerla por detrás, sintiendo el calor y la estrechez de su ano que se resistía ante la invasión de la pija arrugada del viejo depravado.

«¡Cógeme el culo como la puta que soy!» -gimió la joven entre sollozos, mezclando dolor y placer en una danza macabra de perversiones. El anciano, sin mostrar compasión, continuó culeándola con una ferocidad desmedida, sintiendo cómo su verga maltrataba el esfínter apretado de la jovencita indefensa.

Los sonidos obscenos de la cogida resonaban en la casa abandonada, mezclados con los gemidos agónicos de la joven y los gruñidos guturales del anciano que se acercaba al éxtasis. Con un último embate brutal, el anciano se dejó ir dentro del culo apretado de la chica, inundando su interior con su venida repugnante y viscosa.

La joven, exhausta y humillada, sintió cómo el semen caliente del anciano se deslizaba por sus muslos, culminando el acto de degradación al que se había prestado por unos pocos billetes. En medio de la penumbra de la habitación sucia, ambos cuerpos sudorosos se desplomaron, marcados por la depravación y la lujuria desenfrenada.

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