cogiendo a morrita colegiala saliendo del colegio

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La tarde caía sobre la ciudad, el sol brillaba en lo alto del cielo y las calles se llenaban de gente que iba y venía con prisa, pero no para nuestra morrita colegiala. Ella, con su uniforme ajustado a su cuerpo joven y rebelde, salía de la escuela con una sonrisa traviesa en los labios y un brillo especial en la mirada. Sabía lo que le esperaba al cruzar la esquina, lo deseaba con ansias, lo necesitaba para sentirse viva y llena de placer.

El chico con el que quedó de encontrarse la esperaba pacientemente, sentado en su auto viejo y descuidado. Tenía una expresión de hambre en su rostro, ansioso por hundir su verga en aquella colegiala traviesa. La veía acercarse, con su mochila al hombro y su falda corta ondeando con el viento, y sintió cómo su entrepierna reaccionaba de inmediato. No podía esperar más, necesitaba cogerla ahí mismo, en el sucio callejón detrás del colegio.

‘Hola, preciosa’, le saludó con voz áspera al abrirle la puerta.

‘Hola, papi’, respondió ella con una sonrisa pícara, subiéndose al auto con la agilidad de una gacela en celo.

El chico arrancó el auto y lo condujo hasta el callejón, donde los dos se miraron con deseo desenfrenado. Ella se acercó a él, le plantó un beso lujurioso en los labios y comenzó a acariciar su entrepierna, sintiendo cómo la verga del chico se endurecía bajo la tela del pantalón. Sin decir una palabra más, se lanzaron uno sobre el otro con ansias incontenibles.

La colegiala se arrodilló en el asiento del auto, desabrochó los pantalones del chico y liberó su miembro hinchado y pulsante. Sin mediar palabra, comenzó a lamerlo con avidez, sintiendo el sabor salado de su piel y el olor a sudor que emanaba de su entrepierna. El chico gemía de placer, aferrándose al volante con fuerza mientras ella mamaba su verga con destreza y pasión.

‘¡Oh, sí, sigue así, putita!’, gimió el chico, sintiendo cómo el calor se acumulaba en su bajo vientre.

La colegiala continuó mamando la verga del chico con ansias insaciables, sintiendo cómo se le hinchaba la pija en la boca y su lengua exploraba cada rincón de su miembro endurecido. El placer era intenso, desbordante, casi doloroso. Pero ninguno de los dos quería detenerse, necesitaban llegar más allá, perderse en el éxtasis del sexo desenfrenado.

Finalmente, el chico no pudo contenerse más. Tomó a la colegiala entre sus brazos, la tumbó en el asiento trasero del auto y levantó su falda corta, dejando al descubierto su culito apetitoso y sus braguitas mojadas de deseo. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre ella y comenzó a lamer su entrepierna, saboreando el sabor agridulce de su concha ansiosa.

‘¡Sí, sí, así, chúpame toda!’, gemía la colegiala, arqueando la espalda de puro placer.

El chico obedecía sus deseos con maestría, hundiendo su lengua en lo profundo de su concha caliente, sintiendo cómo sus jugos se mezclaban con su saliva y lubricaban su verga aún más. La colegiala gemía de placer, retorciéndose de gusto bajo los expertos movimientos de su amante improvisado.

‘¡Cógeme, cógeme ya!’, suplicaba la colegiala, con los ojos brillantes de deseo y la respiración entrecortada.

Sin perder un segundo más, el chico se posicionó entre las piernas de la colegiala, apuntando su verga dura y ardiente hacia la entrada de su concha mojada. Con un solo empujón, la penetró con fuerza y determinación, sintiendo cómo su miembro se hundía en lo más profundo de su ser, llenándola por completo.

Los cuerpos se fundieron en un baile frenético de pasión y deseo, moviéndose al compás de sus gemidos y susurros lascivos. El calor era sofocante, el sudor corría por sus cuerpos desnudos, el éxtasis se apoderaba de ellos y los llevaba a un punto de no retorno.

‘¡Sí, así, dame tu verga, cógeme sin parar!’, gritaba la colegiala, arañando la espalda del chico con frenesí.

El chico embestía con furia, sintiendo cómo el placer se acumulaba en sus huevos y la venida se acercaba a pasos agigantados. No podía contenerse más, necesitaba liberar todo su semen en el interior de aquella morrita colegiala que lo volvía loco de deseo.

Y así, en medio de gemidos y gritos desenfrenados, el chico se dejó llevar por el éxtasis del orgasmo, sintiendo cómo su verga explotaba en el interior de la colegiala, llenándola de su semen caliente y espeso. Los dos alcanzaron juntos el clímax del placer, entregándose por completo a la lujuria desenfrenada y al deseo incontrolable.

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