cogiendo a una morrita colegiala atrás de los salones

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El sol del mediodía golpeaba con fuerza sobre el techo de lámina que cubría el área detrás de los salones de la escuela secundaria. El calor se filtraba por cada poro de la piel de Raúl, un joven de 18 años, quien se encontraba nervioso y excitado por la citación que había recibido de parte de Mariana, una morrita colegiala de 17 años con la que llevaba un tiempo flirteando en los pasillos.

Ambos se habían cruzado miradas cargadas de deseo en más de una ocasión, y finalmente Mariana decidió invitar a Raúl a un lugar discreto y apartado para saciar sus instintos más salvajes. Sin pensarlo dos veces, Raúl aceptó la propuesta y se encontró allí, esperando ansioso a que la chica llegara.

El lugar era descuidado, con hierbas altas que crecían por todas partes y basura acumulada en un rincón. Aquel escenario lúgubre y sucio solo contribuía a aumentar la excitación de Raúl, quien no podía creer la suerte que tenía de estar a punto de cumplir una de sus fantasías más salvajes.

Finalmente, Mariana apareció con uniforme escolar, una falda corta que apenas cubría sus muslos y una blusa blanca que dejaba entrever un generoso escote. Su cabello castaño caía en cascada sobre sus hombros y sus ojos brillaban con una chispa traviesa.

«¿Estás listo para disfrutar, Raúl?» dijo Mariana con tono provocador, acercándose lentamente a él.

Raúl tomó a Mariana por la cintura y la atrajo hacia él con fuerza, dejando que sus cuerpos se rozaran con deseo. El calor del momento era palpable, y la tensión sexual entre ambos hacía que el aire vibrara de electricidad.

Sin mediar palabra, Raúl tomó la mano de Mariana y la condujo hacia un rincón más escondido, donde la privacidad estaba garantizada. Sin dudarlo, se fundieron en un beso apasionado que parecía encender todas las llamas del infierno.

Las manos de Raúl exploraban el cuerpo menudo de Mariana, deslizándose bajo su falda y acariciando sus piernas suaves. Mariana gemía de placer al sentir los dedos de Raúl acercándose peligrosamente a su entrepierna.

«Quítate la ropa, nena… quiero ver tu cuerpo desnudo», ordenó Raúl con voz ronca, mientras sus ojos devoraban cada centímetro de la joven colegiala.

Mariana obedeció de inmediato, quitándose la blusa y dejando al descubierto un par de senos firmes y tentadores que hipnotizaban a Raúl. Sus pezones se erguían de excitación, ansiosos por ser acariciados y succionados.

Raúl no perdió el tiempo y se inclinó para tomar en su boca uno de los pezones de Mariana, succionándolo con ansia y provocando gemidos de placer en la colegiala. Sus manos expertas se deslizaron por el cuerpo de Mariana, acariciando sus caderas y deslizándose hacia la parte más íntima de su anatomía.

Mariana arqueaba la espalda de placer, entregándose por completo a las caricias de Raúl. Sus gemidos se mezclaban con el sonido de la peligrosa cercanía de los salones de clases, aumentando la sensación de peligro y excitación.

«¿Quieres que te folle aquí mismo, Mariana? ¿Quieres sentir mi verga dentro de ti mientras los demás estudiantes están a solo unos metros de distancia?», susurró Raúl al oído de la joven, haciendo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo.

Mariana solo pudo gemir en respuesta, ansiosa por sentir el cuerpo de Raúl sobre el suyo, ansiosa por ser poseída por completo en aquel lugar prohibido.

Raúl no necesitó más invitación y se despojó de sus pantalones, liberando su verga dura y ansiosa que apuntaba directamente hacia el paraíso entre las piernas de Mariana. Sin más preámbulos, la penetró con fuerza y determinación, haciéndola gemir de placer y dolor al mismo tiempo.

El ritmo de la cogida era frenético, salvaje, como si ambos estuvieran poseídos por una lujuria incontrolable que los empujaba hacia un abismo de placer inimaginable.

Cada embestida de Raúl hacía que Mariana gritara de placer, rogando por más, suplicando que no parara hasta llevarla al límite de la consumación más salvaje y deliciosa.

El sudor cubría sus cuerpos, los gemidos se mezclaban con el sonido de la naturaleza circundante y el placer los consumía por completo, llevándolos a un punto sin retorno.

Finalmente, Raúl y Mariana alcanzaron juntos el clímax, desatando una tormenta de pasión y deseo que los dejó exhaustos y completamente satisfechos.

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