cogiendo duro a colegiala de prepa sobre el sillon de su casa

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La tarde soleada iluminaba la casa de Martha, una adolescente de preparatoria de dieciocho años con hormonas revolucionadas. Llevaba una falda corta y ajustada, una blusa escotada que apenas cubría sus voluptuosos pechos. Su novio, Juan, un chico de su misma edad con el paquete marcado en sus pantalones, la había llevado a su casa para estudiar, pero en cuanto estuvieron solos, la tensión sexual inundó la habitación.

El sutil roce de sus labios encendió la chispa, y ambos se entregaron al deseo animal que les consumía. Juan tomó a Martha con fiereza, tirándola sobre el sofá con desesperación. El calor del ambiente los embriagaba, mientras las manos ávidas exploraban cada centímetro de piel expuesta.

Martha gemía suavemente, excitada por la rudeza de Juan, quien no perdía tiempo en desvestirla. Rasgó con fuerza su ropa interior, dejando al descubierto su conejo ansioso y húmedo. La vista de aquel manjar entre sus piernas lo enloquecía.

‘Vas a gozar tanto, putita’, murmuró Juan con lujuria, antes de hundir su rostro entre las piernas de la colegiala. Sus labios se encontraron con la concha caliente y palpitante, inhundando el ambiente con el aroma a sexo joven y desenfrenado.

Los suspiros entrecortados de Martha motivaban a Juan a seguir explorando con su lengua cada pliegue de su intimidad. La sensación de su lengua ágil y juguetona sobre su clítoris la llevó al borde de la locura.

‘¡Sí, sigue así!’, gemía Martha, arqueando la espalda de placer. ‘No pares, por favor…’

La lengua de Juan era un torrente de sensaciones indescriptibles, llevando a Martha a un éxtasis incontrolable. Sus jadeos resonaban en la habitación, mezclándose con los sonidos obscenos de la mamada apasionada que le estaba brindando.

Martha no podía resistirse más. Con los ojos nublados por el placer, tomó a Juan de los cabellos y lo obligó a detenerse. Quería sentir su verga dura y ansiosa dentro de ella, penetrándola sin piedad.

Se puso de rodillas frente a Juan, desabrochando su pantalón y liberando su miembro erecto y palpitante. Lo tomó con firmeza, sintiendo el calor que emanaba de esa pija que tanto ansiaba. La frotó contra sus labios, saboreando el preseminal que dejaba escapar.

‘Cógeme duro, Juan’, susurró Martha con deseo, antes de dejarse caer sobre el sofá, ofreciéndole su culo tentador. ‘Hazme tuya, quiero sentirte dentro de mí’.

El momento de la penetración finalmente llegó. Juan no perdió tiempo y se abalanzó sobre ella, enterrando su verga con fuerza en la concha empapada de Martha. El gemido que escapó de los labios de ambos llenó la habitación de lujuria y deseo desenfrenado.

Los embistes de Juan eran salvajes, marcando un ritmo frenético que aumentaba el placer de Martha con cada embestida. Las paredes de su vagina apretaban la pija de Juan como un guante, exprimiendo cada gota de placer que podía ofrecer.

‘¡Sí, sí, sí!’, gritaba Martha, clavando las uñas en el tapizado del sofá. ‘Más fuerte, no pares… ¡Más rápido, dame más duro!’

El sudor recorría sus cuerpos entrelazados, creando un brillo erótico que los hacía lucir más sensuales que nunca. La intensidad del momento los consumía, llevándolos a un estado de éxtasis sin retorno.

Martha sentía cada embestida de Juan como una descarga eléctrica de placer puro. Su cuerpo temblaba de excitación, su respiración agitada marcaba el ritmo de la cogida desenfrenada que estaban protagonizando.

El clímax se acercaba, y ambos lo sabían. Juan incrementó la velocidad de sus embestidas, sintiendo cómo el semen bullía en sus testículos, listo para ser liberado en el interior de Martha.

‘¡Voy a acabar, putita!’, gruñó Juan, aferrándose con fuerza a las caderas de Martha. ‘Prepárate para recibir mi venida en tu concha caliente’.

El momento culminante llegó con una explosión de placer incontrolable. Juan se dejó llevar por las sensaciones abrumadoras de la venida, derramando su caliente semen en el interior de Martha con una furia desatada.

Ambos jadeaban exhaustos, empapados en sudor y placer. Se fundieron en un abrazo apasionado, sintiendo el calor mutuo de sus cuerpos saciados por el sexo desenfrenado.

La tarde avanzaba, y la casa de Martha guardaba el secreto de aquella fogosa sesión de sexo adolescente. Juan y Martha se sabían culpables de sucumbir al deseo animal que los consumía, pero también eran conscientes de que aquella pasión desenfrenada los unía de una forma única e irreversible.

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