cogiendome a mi prima cachonda

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La tensión sexual entre mi prima y yo había sido palpable desde que llegamos a la fiesta familiar ese caluroso fin de semana. Nos mirábamos de reojo, con una complicidad prohibida que solo intensificaba nuestras ganas de cogernos el uno al otro. Esa noche, después de unas copas de más y unas risas cómplices en la terraza, nos escapamos a la habitación de invitados, donde la pasión finalmente estalló.

El ambiente estaba cargado de deseo y lujuria. El sudor perlaba nuestros cuerpos ansiosos por tocarse, mientras ella, con sus ojos avivados por la promesa del pecado, se acercaba a mí lentamente. Vestía una ajustada blusa que resaltaba sus voluptuosas tetas, y unas diminutas shorts que dejaban al descubierto su redondo trasero. No pude resistirme a la tentación y la tomé entre mis brazos, fundiéndonos en un beso desenfrenado.

«¿Sabes cuánto tiempo he deseado cogerte, prima?» -susurré mientras mis manos exploraban su cuerpo con avidez.

«Mucho más de lo que imaginas, primo. Estaba ansiosa por sentir tu verga dentro de mí», respondió con voz entrecortada por el deseo.

Nuestros labios se devoraban con pasión desbordante, ávidos de explorar cada rincón de la lujuria compartida. La tomé con firmeza de las caderas y la empujé suavemente hacia la cama, donde la hice recostar con una mezcla de brutalidad y ternura. No había vuelta atrás. Estábamos decididos a consumar el tabú más delicioso y pecaminoso.

Mis manos hábiles se deslizaron bajo su blusa, acariciando sus senos con ansias voraces. Ella gemía de placer, arqueando su espalda y ofreciéndose por completo a mi deseo incontrolable. La tela de sus shorts fue el siguiente obstáculo a superar, deslizándola con facilidad para revelar su preciado tesoro entre sus piernas.

«¿Quieres sentirla toda, prima? ¿Quieres sentir mi verga dentro de ti?», pregunté con tono desafiante, mientras me despojaba de mis propias prendas con premura.

Ella respondió con un gemido afirmativo, sus ojos suplicantes reflejando la lujuria que la consumía por completo. Me posicioné entre sus piernas temblorosas, sintiendo la humedad que emanaba de su concha ansiosa. Sin mediar palabra, la penetré con fuerza, provocando un gemido gutural que resonó en la habitación.

El vaivén de nuestras caderas se volvió frenético, desenfrenado, como si el tiempo se hubiera detenido para permitirnos disfrutar de ese momento de éxtasis absoluto. Cada embestida era un gemido compartido, un susurro de placer que se perdía en la atmósfera enrarecida por la fogosidad de nuestro encuentro carnal.

«¡Sí, dame más! ¡Cógeme duro, primo!», gritaba ella entre jadeos entrecortados, sus uñas clavándose en mi espalda con una mezcla de dolor y placer indescriptible.

El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclándose con nuestros gemidos y el sonido húmedo de nuestras partes unidas en un baile lascivo y desenfrenado. Mis embestidas eran salvajes, profundas, ansiosas por arrancarle alaridos de éxtasis mientras nos acercábamos a un clímax compartido e inminente.

Y entonces, en un arranque de desenfreno desbordado, la recliné sobre su vientre y me adentré en su trasero con determinación, sus gritos de placer resonando en mis oídos como una melodía celestial. El sexo anal nos consumió en una vorágine de placer prohibido, llevándonos a límites desconocidos de goce y éxtasis.

El colchón crujía bajo nuestra cuerpos sudorosos, el éxtasis se desbordaba en cada embestida, en cada gemido, en cada roce de piel contra piel. La lujuria nos poseía por completo, convirtiéndonos en seres al borde del abismo del placer, a punto de caer en un éxtasis del que jamás podíamos regresar.

Y así, entre sábanas revueltas y suspiros compartidos, nos consumimos en el fuego devorador de la pasión prohibida, entregándonos al pecado con una entrega total y desenfrenada. Éramos dos almas cegadas por la lujuria, dos cuerpos fundidos en el calor inextinguible del deseo, dos amantes que se pertenecían en un pacto de carne y placer eterno.

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