La oscuridad de la habitación contrastaba con el brillo de las luces de neón que se colaban por la ventana. El sudor perlaba la frente de la joven colegiala mexicana, cuyos ojos brillaban con lujuria y deseo al ver al novio desnudarse lentamente frente a ella. Él, un chico rudo de barrio con una verga que desafiaba las leyes de la física, la miraba con intensidad, con ganas de poseerla y de hacerla suya en cada rincón de aquella habitación sucia y llena de promesas obscenas.
La colegiala, con su uniforme ajustado y su falda corta, se retorcía de deseo sobre la cama raída, ansiosa por sentir aquel falo gigantesco penetrándola una y otra vez. Las manos del chico la acariciaban con rudeza, apretando sus tetas duras y sintiendo el calor que emanaba de su entrepierna.
«¿Estás lista para coger como una puta, putita?» -le susurró él al oído, haciendo que un escalofrío recorriera la espalda de la joven.
«Sí, sí, cógeme como quieras, métemela toda, hazme tuya» -gimió la colegiala, con la voz entrecortada y llena de deseo.
El chico no esperó más y se lanzó sobre ella, devorando su boca con ansias y arrancando gemidos de placer de la colegiala. Sin mediar palabra, la tumbó en la cama y comenzó a quitarle la ropa con fiereza, revelando una piel morena y tersa que lo enloquecía de deseo.
Cuando por fin estuvieron desnudos, la colegiala se abrió de piernas, mostrando su concha húmeda y ansiosa de verga. El chico no se hizo esperar y se lanzó sobre ella, saboreando su sexo como un depredador en celo. Sus dedos expertos recorrían cada pliegue, cada rincón de aquel tesoro prohibido que pronto sería suyo.
«¡Métemela ya, dame verga, quiero sentirte dentro de mí!» -gritó la colegiala, arqueando la espalda de placer.
El chico sonrió con malicia y, sin más preámbulos, se colocó sobre ella y la penetró de un solo golpe, haciéndola gritar de dolor y placer al mismo tiempo. La colegiala se retorcía debajo de él, sintiendo cada centímetro de aquella verga enorme abriéndose paso en su interior, llenándola por completo.
Los gemidos se convirtieron en un coro de lujuria, mezclándose con el sonido de la cama crujiendo bajo sus cuerpos sudorosos. El chico embestía una y otra vez, sin dar tregua, sintiendo el éxtasis acercarse cada vez más.
«¡Sí, sí, sigue así, cógeme duro, no pares!» -gritaba la colegiala, aferrándose a las sábanas con fuerza.
El chico, con la mirada fija en la de ella, aumentó el ritmo de sus embestidas, sintiendo el orgasmo a punto de estallar en sus entrañas. La colegiala, al borde del abismo del placer, se retorcía de gusto, sintiendo cada embestida como una descarga eléctrica en su cuerpo.
Y finalmente, en un torrente de placer incontenible, los dos llegaron juntos al clímax, gimiendo y sudando sobre la cama sucia, con el olor a sexo impregnando el aire de la habitación.
La colegiala mexicana se retorcía de placer una vez que el novio la tenía ensartada, sintiendo cómo el éxtasis la invadía por completo, haciéndola temblar de gozo y deseando que aquel momento durara para siempre.





