compañera de la prepa me enseña la pepa super mojada

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En un caluroso viernes por la tarde, en un pequeño salón de clase de la prepa, se encontraban solos Pablo y Sofía. Ambos compañeros desde hace años, habían compartido risas, tareas y también miradas cómplices que denotaban una atracción prohibida. El aire estaba cargado de electricidad sexual, ambos sabían lo que querían pero ninguno se atrevía a dar el primer paso.

Sofía, una jovencita de cabello oscuro y mirada coqueta, se acercó a Pablo mientras este estaba repasando las tareas en su pupitre. Con una sonrisa pícara en los labios, se agachó y susurró en su oído: «¿Te gustaría ver algo que sé que te va a encantar?». Sin esperar respuesta, subió su falda corta y mostró sus muslos tersos y su entrepierna cubierta por una diminuta tanga negra empapada en sus fluidos. Pablo quedó sin aliento al ver la pepa de Sofía super mojada y lista para ser devorada.

Con un gesto decidido, Pablo se levantó y tomó a Sofía de la mano, llevándola a la última fila del salón donde podrían tener algo de privacidad. Sin decir una palabra, se abalanzó sobre ella, besando sus labios con pasión mientras sus manos se perdían en curvas juveniles y suaves. Sofía gemía de placer, sintiendo la verga de Pablo endurecerse contra su abdomen y excitándose aún más por la excitación mutua que compartían.

Las ropas comenzaron a volar por el aire, revelando cuerpos jóvenes y ansiosos de placer. Pablo admiraba los pechos firmes de Sofía cubiertos por un bralette blanco, mientras ella desabrochaba el pantalón de su compañero, liberando una pija dura y ansiosa por ser cogida. Sin más preámbulos, se arrodilló y tomó en su boca la verga de Pablo, succionando con avidez y provocando gemidos guturales que resonaban en el salón vacío.

«¡Así, chupa mi verga, putita!», exclamó Pablo entre gemidos, sujetando la cabeza de Sofía y marcando el ritmo de la mamada. Sofía se esforzaba por complacerlo, disfrutando del sabor salado de su miembro y deseando que la cogiera con fuerza y pasión. Sin embargo, antes de continuar, Pablo se detuvo y levantó a Sofía para colocarla sobre el escritorio, dejando al descubierto su concha empapada y lista para ser penetrada.

Con un movimiento rápido, Pablo se arrodilló frente a su compañera y comenzó a lamer su pepa mojada, saboreando sus jugos y estimulando su clítoris con destreza. Sofía se retorcía de placer, aferrándose al borde del pupitre y pidiendo más con cada gemido ahogado. Una vez satisfecho con su labor de sexo oral, Pablo se puso de pie y, sin mediar palabras, penetró a Sofía con fuerza y determinación.

Los cuerpos se fundieron en un baile carnal, caderas chocando con furia, gemidos de placer resonando en las paredes del salón. Sofía arañaba la espalda de Pablo, incitándolo a cogerla con más intensidad, mientras él embestía una y otra vez, sintiendo la calidez y estrechez de la concha de su compañera envolviendo su verga con fuerza.

«¡Sí, así, culeame fuerte! ¡Hazme tuya, Pablo!», gritaba Sofía entre jadeos y gemidos, entregándose por completo al placer del momento. La excitación alcanzaba su punto máximo, ambos al borde del orgasmo, sintiendo cómo el deseo los consumía por completo.

La piel brillaba con el sudor del esfuerzo y el placer, los gemidos se intensificaban a medida que se acercaban al clímax. Pablo aceleró el ritmo de sus embestidas, sintiendo el calor en su vientre anunciando la venida inminente. Con un último empuje, ambos llegaron juntos al orgasmo, gritando de placer y dejándose llevar por el éxtasis del momento.

El salón quedó en silencio, solo interrumpido por la respiración agitada de los amantes que yacían exhaustos sobre el escritorio. Sofía se acercó a Pablo, besando sus labios con ternura y agradeciéndole por una experiencia inolvidable. Ambos sabían que aquello solo era el comienzo de una relación llena de pasión, lujuria y deseo desenfrenado.

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