desvirgando por el culito a Mariana de tercer semestre

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En la oscuridad de una habitación mal iluminada, llena de humedad y con el olor a sexo impregnado en el aire, Mariana se encontraba temblando de excitación y nerviosismo. Con tan solo diecinueve años, aún inexperta en los placeres carnales más intensos, se había visto arrastrada por la promesa de emociones fuertes y nuevas sensaciones. Su corazón latía con fuerza, su piel erizada y su entrepierna húmeda, deseando lo que estaba por venir.

En el rincón opuesto de la habitación, se encontraba Pedro, un joven fornido de veintitrés años con una mirada lasciva y una verga dura como el acero que apuntaba directamente hacia Mariana. Ambos se conocían de vista por la universidad, pero jamás habían compartido más que unas pocas palabras en los pasillos abarrotados de estudiantes.

«Vas a gozar como nunca, putita», gruñó Pedro con voz ronca, acercándose lentamente a Mariana.

Ella soltó un suspiro nervioso, sintiendo el calor de su cuerpo acercándose. Las manos de Pedro tomaron con firmeza sus caderas, acercándola hacia él con deseo.

«¿Estás lista para que te desvirgue por el culito, Mariana? Vas a ser mi putita personal esta noche», susurró Pedro en su oído.

El aliento caliente de Pedro hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Mariana, excitando cada fibra de su ser. Ella asintió con timidez, una mezcla de miedo y deseo palpable en sus ojos.

Con un movimiento brusco, Pedro comenzó a despojar a Mariana de su ropa, revelando su cuerpo desnudo y tembloroso a la tenue luz que se filtraba por la ventana entreabierta. Sus pechos firmes y sus pezones erectos eran una invitación irresistible para Pedro, quien no perdió tiempo en acercarse y capturar con su boca uno de sus pezones, chupándolo con avidez.

«Ohh, sí, sigue así», gemía Mariana, arqueando su espalda y sintiendo el placer recorrer cada centímetro de su ser.

Los gemidos y susurros de placer llenaban la habitación mientras Pedro continuaba explorando el cuerpo de Mariana, deslizando sus manos por sus caderas, acariciando sus muslos y finalmente llegando a su entrepierna empapada de deseo.

«Vas a ser mi puta esta noche, Mariana. Voy a cogerte tan duro que no podrás caminar mañana», prometió Pedro mientras deslizaba un dedo por la parte inferior de la espalda de Mariana, acercándose peligrosamente a la entrada de su santuario más íntimo.

Con un movimiento ágil, Pedro colocó a Mariana en cuatro patas, ofreciéndole su culo en todo su esplendor. La visión de aquella apetitosa y virginal retaguardia hizo que Pedro se excitara aún más, ansioso por poseerla y marcarla como suya para siempre.

«Mastica mi verga con tu culito apretado, Mariana. Te voy a destrozar por detrás y vas a disfrutar cada segundo de ello», gruñó Pedro mientras colocaba la punta de su pija en la entrada prohibida de Mariana.

Un gemido ahogado escapó de los labios de Mariana mientras sentía la presión de la verga de Pedro intentando abrirse paso en su culito virgen. El dolor inicial se mezclaba con un placer indescriptible, una sensación única que la hacía sentir viva y deseada como nunca antes.

Pedro embistió con fuerza, adentrándose en lo más profundo de Mariana con cada vaivén de sus caderas. Los sonidos de ambos cuerpos chocando llenaban la habitación, el sudor resbalando por sus cuerpos mientras se entregaban al placer más primitivo y salvaje.

Horas de pasión desenfrenada transcurrieron entre gemidos, suspiros y obscenidades susurradas al oído. Mariana se perdía en un mar de sensaciones desconocidas, entregándose por completo a Pedro y a la vorágine de placer que compartían.

Finalmente, con un último embate, Pedro se dejó llevar por la cascada imparable del orgasmo. Gruñendo de placer, dejó escapar su semilla ardiente en lo más profundo del ser de Mariana, marcándola como suya para siempre en esa noche de desenfreno y lujuria desatada.

Agotados y extasiados, se quedaron tendidos sobre la cama, empapados en sudor y deseos cumplidos. Mariana sonrió, sintiendo una nueva y excitante etapa en su vida comenzar en aquel momento único e irrepetible.

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