La adrenalina recorría mi cuerpo mientras caminaba por los pasillos del colegio hacia el baño. La excitación era palpable, la urgencia por cumplir mi fantasía latente. Mi mente solo podía pensar en ella, en su increíble culo que me tenía obsesionado desde que empezamos el año escolar. Cada movimiento de sus caderas, cada vez que se inclinaba a recoger un lápiz, me volvía loco. Y hoy, por fin, tendría la oportunidad de verla modelando una tanga para mí en la intimidad del baño del colegio.
La tensión sexual se podía cortar con un cuchillo cuando llegué al baño. El lugar estaba casi desierto, solo un par de compañeros de clase merodeaban por los alrededores, ajenos a la escena que estaba a punto de presenciar. Y ahí estaba ella, mi compañera de prepa, recargada en el lavamanos, revisando su celular con total tranquilidad.
Su mirada se cruzó con la mía y supe que era el momento. Me acerqué lentamente, disfrutando de cada paso que me acercaba a ese monumento de carne y deseo. La piel erizada, el corazón latiendo a mil por hora, la verga tan dura que parecía a punto de explotar. «Hola», musité con voz entrecortada.
Ella sonrió de forma pícara, como si supiera lo que estaba a punto de suceder. «Hola, ¿qué haces por acá?», preguntó con un tono sugerente. Mis manos temblaban ligeramente mientras le respondía: «Solo pensé en venir a cambiarme para la clase de gimnasia». La mentira fluía con facilidad, sabía que solo debía prolongar el momento hasta que pudiera verla en la tanga que tanto ansiaba ver en su anatomía.
Con delicadeza, empecé a acercarme aún más. Mi respiración entrecortada, mi mente nublada por el deseo. «¿Puedo ver cómo te queda la tanga?», solté sin más preámbulos. Ella rió suavemente antes de asentir, complaciente. Se dio la vuelta lentamente, dejando al descubierto su trasero perfecto cubierto por una diminuta tanga de encaje negro.
Mi verga parecía tener vida propia, pulsando con fuerza bajo mi pantalón. No pude contenerme más. Con manos temblorosas, acaricié sus nalgas, apreciando la suavidad de su piel. Los gemidos suaves de ella alimentaban mi excitación. «¿Te gusta lo que ves?», susurró al oído.
La respuesta fue mi mano deslizándose por su espalda, acercándose peligrosamente a su entrepierna. «Me encanta», respondí con voz ronca. Sin más preámbulos, la tanga cayó al suelo y pude apreciar su culo en toda su gloria. Firme, redondo, perfecto. Mis manos lo acariciaron con avidez, mientras ella se arqueaba de placer.
Los gemidos se hicieron más intensos, más desesperados. «Cógeme aquí mismo», susurró entre jadeos. Sin pensarlo dos veces, la recosté sobre el lavamanos, separando sus piernas con brusquedad. Mi verga estaba a punto de estallar, anhelando el calor de su concha mojada.
La penetración fue casi dolorosa de lo profunda que fue, de lo ajustado que era su sexo. Los movimientos eran frenéticos, necesitados, desesperados. Mis manos aferraban sus caderas con fuerza, marcando mi territorio en su cuerpo.
El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en el pequeño cubículo del baño, aumentando la tensión y el morbo del momento. Cada embestida era recibida con gemidos y alaridos de placer. El sudor empapaba nuestros cuerpos, haciendo que mi agarre fuera más seguro, más firme.
«¿Te gusta así?», pregunté entre jadeos. «Sí, sí, más duro», fue su respuesta. Mis embestidas se hicieron más salvajes, más desenfrenadas. El placer nos consumía, nos devoraba por completo. La necesidad de llegar juntos al éxtasis era incontrolable.
Y finalmente, llegó. Con un último empujón, ambos alcanzamos el clímax. El placer nos invadió, nos poseyó por completo. Los gemidos se convirtieron en gritos de satisfacción, en susurros de éxtasis.
Nos quedamos unidos, respirando agitadamente, disfrutando de la sensación de haber cumplido una fantasía largamente acariciada. El increíble culo de mi compañera de prepa seguía modelándome la tanga en mi mente, alimentando mis pensamientos más oscuros y lascivos.






