Él la esperaba impacientemente en la habitación, con el pantalón a medio bajar y la verga bien tiesa en la mano. Habían estado mandándose mensajes calientes durante toda la tarde, hasta que finalmente ella le escribió: «esperame que tengo que contestar». Aquellas palabras encendieron la pasión en ambos, y él no podía contenerse más. Quería tenerla, quería poseerla, quería cogerla como nunca antes lo había hecho.
Ella, por su parte, estaba en la sala contestando una llamada importante. Mientras hablaba por teléfono, podía sentir la excitación creciendo en su entrepierna. Las palabras sucias de él resonaban en su cabeza, y no podía evitar tocarse por debajo de la mesa. Su cuerpo pedía a gritos la compañía de su amante, y sabía que no podía hacer esperar más a su hombre.
Finalmente, colgó el teléfono y se dirigió con paso firme hacia la habitación. Al abrir la puerta, se encontró con la escena que la esperaba: él, con una mirada de deseo desenfrenado, y ella, con una sonrisa traviesa en los labios. Sin mediar palabra, se acercó a él y se arrodilló frente a su verga dura como una piedra.
‘Te dije que me esperaras, pero parece que no pudiste resistirte’, murmuró ella mientras se abalanzaba sobre el miembro erecto de su amante. Comenzó a mamar con ansias, sintiendo el sabor salado de su pija en su boca. Él gemía de placer, disfrutando cada succión, cada lamida, cada chupada que ella le daba.
‘Mmm, sí, así, sigue mamando esa verga, puta’, gritó él entre gemidos, agarrando con fuerza el cabello de ella. Los sonidos de succión y saliva llenaban la habitación, mezclándose con los gemidos y las obscenidades que salían de sus bocas.
Después de un rato, él la levantó bruscamente y la tiró sobre la cama. Con una rapidez impresionante, le bajó las bragas y comenzó a lamer su concha ansiosa. Ella se retorcía de placer, gimiendo sin control mientras sentía la lengua experta de su hombre recorrer cada rincón de su intimidad.
‘¡Sí, sí, sigue así, no pares!’, gemía ella, aferrándose a las sábanas con fuerza. Su cuerpo se contorsionaba de placer, sus tetas saltaban con cada lamida, su sexo chorreaba de deseo.
Él sabía lo que ella quería, lo que ambos deseaban con locura. Se levantó, se quitó los pantalones y la penetró con fuerza y determinación. La cogida fue intensa, salvaje, sin frenos ni límites. Ambos se entregaron al placer sin reservas, sin culpa, sin remordimientos.
‘¡Dame más, más fuerte, más profundo!’, suplicaba ella entre gemidos, sintiendo cada embestida como un rayo de éxtasis recorriendo su cuerpo. Él la tomaba con fuerza, la poseía con deseo, la hacía suya de la manera más primitiva y carnal posible.
El vaivén de sus cuerpos era hipnótico, casi animal. Cada embestida era un grito de pasión, cada gemido un susurro de lujuria. Estaban perdidos en el fuego del deseo, quemando juntos en la llama del placer.
Y entonces, en medio del frenesí sexual, él decidió tomarla por el culo. Sin previo aviso, sin preparación, la penetró con fuerza, dilatando su ano con cada embestida. Ella gritó de placer, de dolor, de excitación desenfrenada.
‘¡Sí, así, rompeme el culo, hazme tuya por completo!’, gritaba ella, sintiendo cómo su amante la llenaba por todos lados. La sensación de ser cogida por el culo era indescriptible, intensa, casi dolorosa en su deliciosa plenitud.
Y así siguieron, culeando sin descanso, sin tregua, sin límites. El placer los consumía, los devoraba, los hacía uno solo en el éxtasis compartido. Cada embestida era un gemido, cada gemido un grito de placer, cada grito una promesa de deseo cumplido.



