jovencita colegiala se baja los calzones y enseña la panochita peludita

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La jovencita colegiala se encontraba en el cuarto de su compañero de clase, un chico mayor y más experimentado que la llevó hasta allí bajo el pretexto de ayudarle con los deberes. Sin embargo, lo que realmente quería era tenerla completamente desnuda frente a él, lista para satisfacer sus deseos más oscuros. La excitación se palpaba en el aire, el calor del verano aumentaba la temperatura dentro de la habitación, haciendo que ambos sudaran levemente.

La chica, con su uniforme escolar ajustado y la falda corta que dejaba al descubierto parte de sus nalgas, se sentía nerviosa pero a la vez ansiosa por descubrir lo que le esperaba. El chico, por su parte, con una mirada lujuriosa y una sonrisa pícara, se acercó a ella lentamente, como acechando su presa.

‘¿Así que viniste a estudiar, eh? Ya veremos qué tan bien sabes concentrarte cuando estemos… ocupados’, susurró el chico en su oído, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda. La jovencita, con la respiración entrecortada, asintió tímidamente, sabiendo que ya no había marcha atrás.

Con manos temblorosas, el chico empezó a desabrochar el uniforme de la colegiala, revelando con ansias el sostén blanco que apenas podía contener sus pechos juveniles. La ropa interior se deslizó por sus piernas, dejando al descubierto su panochita peludita, un manjar delicioso que ansiaba ser explorado.

‘¿Te gusta lo que ves, eh? ¿Quieres sentir mi verga dentro de ti?’, preguntó el chico con deseo, mientras se despojaba de sus propias prendas y dejaba al descubierto su miembro erecto, listo para la acción.

La colegiala, con la cara ruborizada y los ojos brillantes de excitación, no pudo contenerse más. Se acercó al chico y sin mediar palabra, se arrodilló frente a él y comenzó a lamer su verga con ansias, saboreando su salado sabor y disfrutando de cada gemido que él emitía.

La habitación se llenó de gemidos, suspiros y el sonido húmedo de la mamada que la colegiala le estaba dando al chico. Él la agarró del cabello y la obligó a profundizar, a tragarse hasta la última pulgada de su pija dura, provocando arcadas de placer en la chica.

‘¡Así, putita! ¡Chupa mi verga como la guarra que eres!’, gruñó el chico mientras movía sus caderas hacia adelante y atrás, marcando el ritmo de la mamada. La colegiala, complaciente, no dejaba de presionar con sus labios y su lengua, llevando al chico al borde del éxtasis.

Después de minutos interminables de sexo oral, el chico decidió que era hora de la siguiente fase. Tomó a la colegiala por las caderas y la puso en cuatro, dejando su culo en pompa y listo para ser penetrado.

‘¿Listo para que te cojan como la colegiala traviesa que eres? ¡Voy a destrozarte ese culito apretado!’, exclamó el chico con una mezcla de deseo y dominación, antes de embestirla con fuerza y provocar gemidos de placer en la jovencita.

Cada embestida era más intensa que la anterior, cada roce de sus cuerpos era una explosión de placer. La colegiala se aferraba a las sábanas, arqueando la espalda y pidiendo más, más fuerte, más profundo.

El chico, sintiendo el calor y la humedad de la joven colegiala a su alrededor, no podía contenerse más. Con un gruñido gutural, se dejó llevar por el éxtasis y se corrió dentro de ella, llenando su concha con su venida caliente y espesa.

Los dos cuerpos se desplomaron exhaustos sobre la cama, respirando agitadamente y con una sonrisa de satisfacción en sus rostros. La colegiala, con la panochita peludita empapada de placer, sabía que esa tarde quedaría marcada en su memoria para siempre.

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