la jovencita le dice que lo haga despacio por que le esta doliendo

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La habitación estaba llena de un aroma a cigarrillo y a sudor, el calor sofocante se sentía pegajoso en la piel de ambos. Él, un hombre mayor de aspecto descuidado, tenía una mirada lujuriosa y una verga dura como el hierro apuntando hacia la jovencita que estaba acostada en la cama, con una expresión de mezcla de excitación y ansiedad en su rostro.

‘¡Vamos, nena, necesito sentir cómo te aprieta esa concha apretada!’ -gritó el hombre con una voz ronca, agarrando con fuerza las piernas de la chica y separándolas aún más.

La chica, con el corazón latiendo a mil por hora, solo pudo articular un débil gemido mientras sentía la verga grande y gruesa del hombre acercarse a su entrada. Se mordió el labio inferior, sintiendo un nudo en el estómago.

‘Por favor, hazlo despacio… me duele un poco’, susurró la jovencita con timidez, tratando de controlar el miedo que empezaba a apoderarse de su cuerpo. Su piel estaba erizada, y la sensación de vulnerabilidad la excitaba aún más, a pesar del miedo.

El hombre, sin embargo, no parecía dispuesto a detenerse. Con un gruñido salvaje, empujó con fuerza su verga hacia dentro de ella, sintiendo el apretado calor de su interior envolver su miembro con una presión embriagadora.

‘¡Sí, así, así…! ¡Eres tan apretada, maldita sea!’ -gruñó el hombre entre dientes, embistiendo una y otra vez con fuerza desmedida, provocando gemidos y suspiros de dolor mezclados con placer en la joven.

La jovencita arqueó la espalda, sintiendo una mezcla de dolor y éxtasis recorrer su cuerpo. Cerró los ojos con fuerza, entregándose a la vorágine de sensaciones que la invadía, mientras el hombre seguía cogiéndola con una intensidad casi animal.

‘¡Maldita sea, eres tan estrecha… me vuelves loco!’ -gritó el hombre, acelerando el ritmo de sus embestidas, sintiendo cómo el sudor perlaba su frente y su cuerpo se estremecía de placer desenfrenado.

Entre gemidos y suspiros, la joven se aferraba a las sábanas con fuerza, sintiendo cada embestida como una descarga eléctrica recorriendo su cuerpo. El dolor inicial se había transformado en un placer salvaje y primitivo que la consumía por completo.

Los cuerpos sudorosos se movían en perfecta sincronía, creando una sinfonía de gemidos, gruñidos y suspiros que resonaban en la habitación como una melodía obscena y excitante. La cama crujía con cada embestida, el colchón se hundía bajo el peso de sus cuerpos entrelazados.

‘¡Sí, así, cógeme más fuerte… no pares!’ -gimió la joven, sintiendo cómo el placer la envolvía en una espiral de éxtasis incontrolable. Su cuerpo temblaba de deseo y sus ojos brillaban con una lujuria desenfrenada.

El hombre, perdido en un frenesí de deseo y pasión, embistió con fuerza una última vez antes de dejar escapar un gruñido gutural y sentir cómo su semen caliente se derramaba en el interior de la joven, llenándola con su esencia.

La joven, sintiendo el cálido torrente de semen llenándola, se dejó llevar por la ola de placer que la invadió, arqueando la espalda y gimiendo con una intensidad desgarradora.

Los dos cuerpos se separaron lentamente, exhaustos y saciados, con la respiración agitada y el sudor resbalando por sus pieles entrelazadas. Se miraron a los ojos, perdidos en un abismo de deseo y pasión desbordante.

‘Eso fue increíble… eres una diosa’, murmuró el hombre, acariciando con ternura el rostro de la joven, que sonreía con una expresión de pura satisfacción y complicidad. Habían explorado juntos los límites del placer, entregándose por completo al deseo que los consumía.

Y así, en la penumbra de la habitación cargada de humo y sudor, se abrazaron estrechamente, sabiendo que ese momento de éxtasis compartido quedaría grabado en sus memorias para siempre, como un recuerdo imborrable de pasión desenfrenada y deseo cumplido.

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