La morrita colegiala se retorcía de placer mientras su novio la filmaba con su celular. La adolescente de coletas y uniforme escolar se veía nerviosa pero excitada, sus ojitos brillando de deseo. El chico, más grande y fornido, le susurraba obscenidades al oído mientras la acariciaba con lujuria. Habían decidido pasar la tarde en la casa abandonada del barrio, un lugar apartado y oscuro perfecto para sus aventuras sexuales.
La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz tenue que se filtraba por una ventana rota. El polvo bailaba en el aire y el olor a humedad inundaba el ambiente, sumando un toque de suciedad al encuentro clandestino. La morrita gemía suavemente, mezcla de vergüenza y placer, mientras su novio le levantaba la falda del uniforme y acariciaba sus muslos.
‘No quiero que me grabes’, musitó la colegiala entre gemidos, pero su voz sonaba débil y su resistencia era puramente simbólica. Ella ansiaba ser poseída, sentir el calor de la verga de su novio penetrándola hasta lo más profundo.
Los besos se volvieron más intensos, las manos explorando cada centímetro de piel. El uniforme rápidamente desapareció en un montón de tela en el suelo, dejando al descubierto el cuerpo adolescente y terso de la morrita. Sus tetas apenas cubiertas por un diminuto brasier blanco, sus pezones endurecidos por la excitación.
‘Te quiero coger toda’, gruñó el novio mientras se quitaba la camiseta, revelando un torso musculoso cubierto de tatuajes. ‘Vas a ser mi putita de ahora en adelante’.
La colegiala jadeó y se arqueó ante las caricias del chico, ansiosa por sentirlo dentro de ella. Sin más preámbulos, él la empujó contra la pared, tomándola con fuerza de la cintura, y la penetró con brusquedad. Ella soltó un grito ahogado, una mezcla de dolor y placer, mientras se aferraba a su espalda.
La cámara del celular grababa cada embestida, cada gemido, cada expresión de lujuria en los rostros de ambos. La adolescente no pudo resistirse por mucho tiempo y pronto se abandonó al éxtasis del momento, moviéndose al compás de las embestidas del novio.
Los cuerpos sudorosos se unían en un baile frenético de deseo y pasión. El sonido de la carne chocando resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos y susurros de placer. La morrita se aferraba a los hombros del chico, clavando sus uñas en su piel, mientras él la cogía con furia y determinación.
‘¡Sí, más fuerte! ¡Cógeme como la puta que soy!’, gritaba la colegiala, entregada al placer del sexo desenfrenado. Su novio la complacía, embistiéndola con más ímpetu, acercándola al borde del orgasmo una y otra vez.
El novio cambió de posición, poniendo a la morrita a cuatro patas sobre un viejo sofá desvencijado. Sin mediar palabra, la penetró por detrás, hundiéndose en lo más profundo de su concha húmeda y caliente. Los gritos de la colegiala resonaban en la habitación, mezcla de dolor y placer, mientras era embestida sin piedad.
El sudor perlaba las frentes de ambos, el calor del momento envolviéndolos en una nube de deseo incontrolable. El novio aceleraba el ritmo, sintiendo el orgasmo acercarse con cada embestida, mientras la morrita se retorcía de placer bajo su dominio.
‘¡Sí, sí, sí!’, gemía la colegiala, al borde del éxtasis. ‘¡Voy a acabar! ¡Voy a acabar!’.
El novio la embistió con fuerza unas cuantas veces más antes de que ambos alcanzaran el clímax. Con un último grito ahogado, la morrita se dejó llevar por las oleadas de placer que la inundaron, su cuerpo temblando de satisfacción mientras el semen de su novio se derramaba en su interior.
Ambos quedaron jadeantes y sudorosos, exhaustos por la intensidad del acto sexual. El novio apagó la cámara del celular, guardando el video para ellos mismos, un recuerdo de su pasión desenfrenada en la casa abandonada.





