le hacen de lado el calzon a la morrita colegiala para cogersela en cuatro

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La tarde caía sobre la ciudad, el sol se escondía detrás de los edificios dejando una penumbra en la habitación de la morrita colegiala. La joven, apenas en sus 18 años, estaba nerviosa y excitada a la vez. Sus manos temblaban ligeramente mientras se quitaba el uniforme escolar, dejando al descubierto su cuerpo menudo y delicado. El ambiente estaba cargado de deseo y lujuria, sus pupilas dilatadas denotaban la excitación que recorría cada fibra de su ser. A su lado, un joven fornido y desaliñado la observaba con hambre, con una verga erecta y lista para cogerla sin piedad.

La morrita temblaba de anticipación, su corazón latía con fuerza en su pecho mientras el chico se acercaba a ella lentamente. Entre besos húmedos y caricias descaradas, ambos se fundieron en una pasión desenfrenada. La joven gemía suavemente, entregándose por completo a las sensaciones abrumadoras que la invadían. El olor a sexo impregnaba el ambiente, mezclado con el sudor de sus cuerpos entrelazados.

‘¿Estás lista para que te haga mía, morrita? ¿Quieres sentir mi verga dentro de ti?’, susurró el chico con voz ronca y excitada. La morrita asintió con los ojos cerrados, ansiosa por sentir el placer más intenso.

Con movimientos bruscos, el chico la volteó de espaldas, haciéndole a un lado el calzón que cubría su concha suavemente afeitada. La morrita temblaba de deseo, sintiendo la verga dura del chico rozando su entrada mojada. Con un empujón firme, el chico la penetró con fuerza, haciendo que la morrita soltara un gemido ahogado de placer.

‘¡Sí, así… más fuerte! ¡Cógeme como la puta que soy!’, gritó la morrita, arqueando su espalda en un gesto de pura lujuria. El chico embestía con fuerza, sintiendo el calor húmedo de la concha de la morrita apretándolo con fuerza. Cada embestida era más intensa que la anterior, rozando el límite del placer absoluto.

Los gemidos se mezclaban con el sonido de la cama chirriando con cada embestida, el sudor perlaba las frentes de ambos mientras sus cuerpos se movían al compás de la pasión desenfrenada. La morrita se aferraba a las sábanas con fuerza, sintiendo el orgasmo acercarse con cada embestida del chico.

‘¡Sí, sí, sí! ¡Voy a veni…!’, los gemidos de la morrita se convirtieron en un grito desgarrador de placer mientras su cuerpo se arqueaba en un orgasmo delirante. El chico continuó embistiendo con fuerza, llevándola al límite una vez más.

Finalmente, con un gruñido gutural, el chico se dejó llevar por el placer abrumador que lo invadía, soltando su venida caliente y espesa en el interior de la morrita. Ambos cuerpos se quedaron exhaustos, entrelazados en un abrazo íntimo y salvaje, disfrutando del éxtasis compartido.

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