me duele mucho…le dice la morrita colegiala cuando el novio la esta penetrando

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La habitación de la morrita colegiala estaba sumida en la penumbra, apenas iluminada por la luz tenue de una lámpara de lava que creaba reflejos relajantes en las paredes. La chica, de apenas 19 años, lucía su uniforme escolar mal abrochado y desaliñado, con la falda levantada hasta la cintura y la camisa desgarrada por las ansiosas manos de su novio. Ambos se encontraban en pleno frenesí de pasión, entregados al deseo carnal que los consumía.

«Me duele mucho…» susurró la morrita entre gemidos entrecortados mientras su novio la penetraba con furia. El chico, un joven rudo y musculoso, no parecía detenerse ante las súplicas de su amada, cuyas palabras solo avivaban aún más su deseo desenfrenado. La cama chirriaba con cada embestida, el colchón barato crujía bajo el peso de sus cuerpos sudorosos.

«Cállate y disfruta, putita», gruñó el joven, aferrando con fuerza las caderas de la morrita y aumentando el ritmo de sus embates. La chica se mordió el labio inferior, sintiendo una mezcla de dolor y placer recorrer cada fibra de su ser. Sus pechos pequeños se agitaban con la intensidad de la culeada que recibía, sus gemidos llenaban la habitación y se mezclaban con el sonido de la música distante que provenía de algún vecino.

El sudor perlaba las frentes de ambos, mezclándose en una danza sensual que mostraba la entrega absoluta de dos amantes en pleno acto de lujuria. El aroma a sexo impregnaba el aire, impelido por la intensidad de la cogida que se estaba llevando a cabo en aquel modesto cuarto de estudiante.

«¡Más fuerte!» imploró la morrita, arqueando la espalda y sintiendo la verga de su novio golpear contra su punto más profundo. Cada embestida provocaba un chispazo de placer y dolor que la transportaba a un estado de éxtasis inigualable. El joven, concentrado en su tarea de llevarla al límite, aumentó la velocidad y la intensidad de sus movimientos, sintiendo el éxtasis acercarse peligrosamente.

Los gemidos se intensificaron, los susurros lascivos se convirtieron en palabras incoherentes de deseo y desenfreno. La piel de la morrita se erizaba con cada contacto, su cuerpo entero se convertía en un volcán presto a estallar en una venida descomunal. El joven, sintiendo la culminación cerca, agarró con una mano el cabello de la morrita y tiró con fuerza hacia atrás, arqueando su cuello y permitiéndole sentir el peso de su dominio.

«Vas a venirte para mí, zorrita», gruñó el chico con voz ronca, embistiendo con fiereza y determinación en busca de la ansiada explosión de placer. Los cuerpos se fundieron en un vaivén arrollador, el calor se intensificó y el éxtasis estaba al alcance de la mano.

Y entonces, en un grito compartido de éxtasis, la morrita y su novio alcanzaron el clímax. La chica se retorció bajo él, sintiendo llegar una cascada de placer que la inundaba por completo. El joven, sin contenerse más, se dejó llevar por la marea de sensaciones y, con un gruñido gutural, se dejó caer sobre ella, fundiéndose en un abrazo posesivo y ardiente.

El silencio invadió la habitación, solo roto por la respiración agitada de los amantes que, exhaustos y saciados, yacían entrelazados en la cama, con la certeza de que aquella noche quedaría grabada en su memoria para siempre.

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