metela muy despacito porque soy virgen….le dice la morrita al novio

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La habitación estaba envuelta en una penumbra húmeda y caliente, el aire viciado por el olor a sudor y lujuria que impregnaba las paredes desconchadas y el colchón raído sobre el que yacía la morrita. Sus ojos brillaban con deseo y nerviosismo a la vez, mientras el novio, un hombre mayor y experimentado, la miraba con una expresión de deseo animal en sus ojos. La luz tenue de una lámpara vieja iluminaba su desnudez, resaltando las curvas juveniles y perfectas de la morrita que temblaba ante la promesa del placer.

«¿Estás segura de que quieres hacer esto, pequeña?», murmuró el novio con voz ronca, acercándose a ella con movimientos lentos y calculados. La morrita asintió con timidez, sintiendo el corazón latir desbocado en su pecho virginal.

«Quiero sentirte dentro de mí, pero por favor, metela muy despacito… Soy virgen», susurró la morrita, con la voz temblorosa de excitación y miedo. El novio sonrió con malicia, saboreando el momento de tener a esa jovencita indefensa y ansiosa en sus manos.

«Tranquila, nena, te voy a hacer sentir cosas que nunca imaginaste», susurró el novio mientras acariciaba los senos firmes de la morrita, haciéndola gemir de placer anticipado. Se inclinó sobre ella, sus labios se encontraron en un beso ávido y urgente, mientras sus manos exploraban la piel suave y tersa de la joven.

Con movimientos expertos, el novio comenzó a bajar por el cuerpo de la morrita, besando cada centímetro de su piel con avidez y cuidado. Sus manos diestras se deslizaron por el vientre plano y las caderas redondeadas, acariciando el monte de Venus que ocultaba el tesoro virginal de la morrita.

«¿Te gusta lo que sientes, mi amor?», preguntó el novio con voz ronca, mordiendo suavemente el lóbulo de la oreja de la morrita, quien respondió con un gemido ahogado de placer.

Sin decir una palabra más, el novio se situó entre las piernas abiertas de la morrita, sintiendo la humedad de su sexo virgen que lo llamaba con ansias inauditas. Acarició los labios rosados y suaves de la joven, sintiendo el temblor de sus piernas y la presión de su virginidad intacta.

«Vas a sentir un poco de dolor, pero luego vendrá el placer más intenso que hayas experimentado en tu vida», murmuró el novio con una mezcla de ternura y deseo desenfrenado. Sin más preámbulos, empezó a empujar su verga erecta y dura contra la entrada virgen de la morrita, sintiendo la resistencia inicial de su cuerpo tenso y excitado.

Con movimientos lentos y precisos, el novio fue abriendo camino en el interior de la morrita, sintiendo el calor y la estrechez de su concha virgen apretando su verga con fuerza. La joven jadeaba y gemía de dolor y placer, sintiendo cada centímetro de su intimidad invadido por la lujuria desenfrenada de su amante.

«¡Ay, despacito, por favor, despacito!», suplicó la morrita, sintiendo cómo la verga del novio la llenaba por completo, estirando sus paredes internas y provocando una mezcla de dolor y placer indescriptible.

El novio no pudo contenerse más y empezó a moverse con ritmo y firmeza dentro de la morrita, embistiendo suavemente pero con determinación, buscando el ángulo perfecto que la hiciera gemir y retorcerse de placer. La joven se aferraba al colchón con fuerza, arqueando la espalda y ofreciéndose por completo a la vorágine de sensaciones que la embriagaban por completo.

El sudor perlaba sus cuerpos entrelazados, el calor de la habitación se volvía sofocante y denso, pero ni la morrita ni su novio podían detenerse en medio del torbellino de sensaciones que los envolvía. Los gemidos se mezclaban con susurros incoherentes, las respiraciones entrecortadas se fundían en un único canto de pasión desbordada.

El novio embistió con más fuerza y rapidez, sintiendo cómo el éxtasis se aproximaba inexorablemente, cómo la vorágine del placer los arrastraba a un abismo de lujuria incontrolable. La morrita gimió con fuerza, su cuerpo se arqueó en un espasmo de placer indescriptible, sintiendo las contracciones de su sexo virgen apretando con fuerza la verga del novio.

Con un gruñido gutural, el novio se dejó llevar por la intensidad del momento, sintiendo cómo la venida se aproximaba con rapidez, cómo el semen ardiente y vigoroso se alzaba en su interior, listo para ser derramado en el seno mismo del placer más sublime que había experimentado.

Y en un último estertor de placer desbocado, el novio se dejó ir por completo, derramando su semen caliente y pegajoso en el interior de la morrita, sintiendo cómo el clímax los envolvía a ambos en un abrazo eterno de éxtasis absoluto.

La morrita jadeaba y temblaba, su cuerpo empapado de sudor y sus pensamientos nublados por la oleada de placer que la había arrastrado hasta las más altas cumbres del deseo. El novio la miraba con una mezcla de satisfacción y deseo, sabiendo que ese momento quedaría grabado en sus memorias para siempre.

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