mi prima borracha se pone provocativa…y ahora que hago?

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La noche estaba calurosa y agobiante, el sudor corría por mi frente mientras intentaba concentrarme en la pantalla de mi computadora, tratando de ignorar los ruidos provenientes de la sala donde mi prima estaba celebrando su cumpleaños. No pude evitar espiar de reojo y verla, atractiva como siempre, con una copa de más en la mano y una sonrisa traviesa en los labios. No era la primera vez que notaba la forma en que me miraba cuando creía que nadie más lo hacía, su mirada lujuriosa no dejaba dudas sobre sus intenciones.

Decidí tomarme un descanso y me dirigí hacia la sala, donde la fiesta estaba en pleno apogeo. La música estruendosa y las risas llenaban el ambiente, pero mi atención se centraba exclusivamente en mi prima, quien se movía con soltura entre los invitados, desprendiendo una sensualidad innegable. En un momento de descuido, nuestras miradas se cruzaron y un gesto cómplice se dibujó en su rostro, invitándome a seguirla hasta su habitación.

Una vez a solas, el ambiente cambió radicalmente. La risa y la música quedaron atrás, dando paso a un silencio cargado de deseo. Mi prima se acercó a mí con paso felino, sus ojos brillando con una intensidad que me hizo estremecer. Sin mediar palabra, se plantó frente a mí y comenzó a desabotonar lentamente mi camisa, dejando al descubierto mi pecho sudoroso. Sus manos se deslizaron por mi torso, acariciándome con suavidad antes de detenerse en mi entrepierna, donde mi erección pulsaba con necesidad.

«¿Qué estás haciendo?», pregunté con voz entrecortada, aunque en el fondo sabía la respuesta. Mi prima solo sonrió pícaramente y se arrodilló frente a mí, liberando mi miembro de su prisión y comenzando a acariciarlo con maestría. Cada roce de sus manos expertas enviaba descargas eléctricas directamente a mi cerebro, nublando mi razón y despertando un deseo salvaje en lo más profundo de mi ser.

Entre gemidos ahogados y susurros obscenos, la habitación se convirtió en un remolino de pasión desenfrenada. Las prendas volaron por los aires, revelando cuerpos ansiosos y piel ardiente. Mis manos exploraban cada centímetro de su cuerpo, mientras ella gemía de placer bajo mis caricias. No había vuelta atrás, estábamos consumidos por una lujuria incontrolable que nos arrastraba hacia el abismo del deseo.

«Cógeme», susurró mi prima entre jadeos, su voz cargada de deseo. Sin pensarlo dos veces, la tomé entre mis brazos y la deposité suavemente sobre la cama, entregándonos al placer sin límites. Nuestros cuerpos se fusionaron en un baile frenético de pasión y lujuria, cada embestida enviando ondas de placer a través de nuestros cuerpos sudorosos.

El calor se volvió insoportable, la habitación se llenó de gemidos y suspiros mezclados con el sonido de la cama chirriante bajo nuestros cuerpos en movimiento. Cada embestida era un deleite, un éxtasis que nos consumía y nos elevaba a alturas inexploradas. La piel se erizaba, los cuerpos se entrelazaban en un frenesí de deseo desenfrenado.

«Más… más duro», gritó mi prima, su voz enloquecida por el placer. Mis embestidas se volvieron más intensas, más profundas, llevándonos a un punto de no retorno. El éxtasis se acercaba, la culminación de tanto deseo a punto de explotar en una venida apoteósica.

Y así, en un frenesí de pasión desenfrenada, alcanzamos juntos el clímax, dejándonos llevar por la marea de placer que nos envolvía. El orgasmo nos golpeó como un tsunami, arrastrándonos hacia un abismo de éxtasis absoluto donde solo existíamos nosotros y el placer compartido.

Después de un instante de silencio sepulcral, el mundo volvió lentamente a su lugar. Nos miramos, agotados y saciados, con una sonrisa cómplice en los labios. La noche había llegado a su fin, pero el recuerdo de esa experiencia prohibida y ardiente permanecería grabado en nuestra piel para siempre.

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