morra de cdmx cogiendo con la tanga puesta

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La morra de Ciudad de México estaba más caliente que nunca aquella tarde. El calor sofocante de la ciudad se filtraba por las ventanas de su pequeño departamento, haciendo que el sudor perlara su piel bronceada. Había quedado con un chico que conoció en una de esas aplicaciones para citas calientes, y desde el momento en que lo vio, supo que quería coger con él sin remordimientos.

Él era un tipo rudo, con tatuajes en los brazos y una mirada de depredador sexual. La morra se excitaba solo con la idea de sus manos recorriendo su cuerpo, despojándola de la poca ropa que llevaba puesta. Se encontraban en el pequeño salón de su departamento, con la luz tenue de una lámpara barata iluminando la escena.

La morra, con su tanga negra de encaje aún puesta, se arqueaba de deseo mientras él le quitaba la blusa lentamente, dejando al descubierto sus pechos firmes y erectos. Ella gemía suavemente, excitada por la sensación de sus manos ásperas recorriendo su piel sensible.

‘Quiero cogerte con la tanga puesta’, le susurró él al oído, haciendo que un escalofrío recorriera la espalda de la morra. ‘Hazlo’, respondió ella con voz ronca, deseosa de sentir su verga dura rozando su piel a través de la fina tela de la tanga.

La excitación era palpable en el aire, cargado de aromas de sexo y deseo. Él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, sintiendo su erección presionando contra su vientre. La morra gimió alto, ansiosa por sentirlo dentro de ella, por ser poseída y utilizada como un objeto de placer desenfrenado.

Él la empujó suavemente hacia el sofá y se arrodilló frente a ella, apartando la tanga a un lado para revelar su sexo húmedo y ansioso. Sin decir palabra, él hundió su rostro entre sus piernas, saboreando el dulce néctar de su excitación. La morra arqueó la espalda, aferrándose a los cojines mientras sus gemidos llenaban la habitación.

‘Sí, sí, sigue así’, jadeaba la morra, sintiendo cómo la lengua experta de su amante recorría cada pliegue de su intimidad. Él la devoraba con ansias, explorando cada rincón de su sexo con una habilidad que la enloquecía de placer.

Después de un rato que se le antojó eterno, él se incorporó y se colocó sobre ella, separando sus piernas de un empujón brusco. La morra cerró los ojos, preparándose para sentirlo dentro de ella, para ser empalada por esa verga que la había excitado desde el primer momento en que lo vio.

‘Cógeme’, le suplicó ella, abriendo sus piernas de par en par para recibirlo. Él la penetró con un solo movimiento, haciéndola gemir de placer y dolor al mismo tiempo. La sensación de ser llenada por completo la embriagaba, convirtiéndola en un ser ardiente de deseo y lujuria.

Los cuerpos se fundieron en un baile salvaje, en una danza de lujuria desenfrenada. Él embestía con fuerza, arrancando gemidos y suspiros de placer a la morra que se retorcía bajo él, entregada por completo al torbellino de sensaciones que la invadían.

‘¡Sí, sí, más fuerte!’, gritaba la morra, al borde del éxtasis. Él la complacía, embistiéndola con ferocidad, con la urgencia de quien sabe que el placer está al alcance de sus manos.

El éxtasis se apoderó de ellos, transformándolos en seres primitivos y salvajes, en animales en celo devorándose el uno al otro. La morra sintió el orgasmo llegar, ese delicioso estallido de placer que la hacía temblar de pies a cabeza.

‘¡Estoy acabando, estoy acabando!’, anunció ella entre gemidos descontrolados. Él la siguió en su clímax, derramándose en su interior con un gruñido gutural de satisfacción.

La morra y su amante se dejaron caer exhaustos sobre el sofá, envueltos en una nube de sudor y satisfacción. Habían alcanzado el clímax juntos, habían cedido a la vorágine de placer que los consumía desde el primer momento en que se vieron.

Y así, con la tanga aún medio puesta y el olor a sexo impregnando el aire, la morra de Ciudad de México y su amante se perdieron en un abrazo cómplice, sabiendo que aquella ardiente tarde quedaría marcada en sus memorias para siempre.

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