morritas colegialas calenturientas se dejan coger por el conserje del colegio

Descargar
19820 views
21 likes
GRUPO TELEGRAM AQUI

Las morritas colegialas estaban calenturientas desde que llegaron al colegio esa mañana. Después de haberse saltado la primera hora de clases para fumar detrás de los baños, María y Sofía se sentían atrevidas y juguetonas. Las faldas cortas y ajustadas que llevaban no dejaban nada a la imaginación, mostrando sus culos firmes y tentadores. El calor del verano los mantenía sudorosos, pegajosos, deseosos. Cuando se encontraron solas en el pasillo oscuro y estrecho que llevaba a la sala de mantenimiento, la tensión sexual entre ellas era palpable.

El conserje del colegio, don Paco, un hombre mayor de aspecto rudo y manos ásperas, las había visto entrar allí. Sabía lo que buscaban, lo que ansiaban. Se acercó sigilosamente, su verga palpitando de deseo bajo sus pantalones raídos. Las jóvenes se miraron con lujuria y complicidad, sabiendo lo que estaba por venir. Ignorando las consecuencias, se acercaron a él con una sonrisa traviesa.

—Hola, niñas traviesas —dijo don Paco con voz ronca, deslizando una mano sobre la cintura de María—. ¿Qué las trae por aquí?

—Nos aburrimos en clase, don Paco —respondió Sofía, mordiéndose el labio inferior con malicia—. Y pensamos que quizás podríamos divertirnos de otra manera. ¿Qué tal un juego nuevo?

Las risitas nerviosas y excitadas llenaron la pequeña habitación mientras las tres figuras se movían con ansias desenfrenadas. María y Sofía se arrodillaron frente al conserje, desabrochando sus pantalones y liberando la verga dura y ansiosa que palpitaba ante ellas. Sin mediar palabra, comenzaron a lamer y chupar, alternando entre las embestidas desesperadas de sus bocas hambrientas.

Los gemidos y quejidos se mezclaban con el ruido de la puerta cerrándose con un golpe seco. La sala de mantenimiento estaba en penumbra, solo iluminada por la luz tenue que se filtraba por la ventana sucia. El olor a lubricante y sudor impregnaba el aire, creando un ambiente cargado de lascivia y pecado.

Don Paco, sintiendo el calor de las bocas jóvenes en su pija, les indicó con voz ronca que se desnudaran. Las niñas, obedientes y excitadas, se despojaron de sus uniformes escolares con torpeza, revelando pechos firmes y sonrosados, culos redondos y tentadores. Sus gemidos y grititos llenaron la habitación, convirtiéndose en un himno al placer desinhibido.

Con un gesto brusco, el conserje tomó a María por la cintura y la levantó, colocándola sobre la mesa polvorienta. Sofía, con los ojos brillantes de deseo, se acercó por detrás y separó las nalgas de su amiga, exponiendo la concha húmeda y esperanzada que tanto anhelaba.

—¿Estás lista, putita? —gritó don Paco, clavando su verga con fuerza en el culo de María.

—¡Sí, más! ¡Más fuerte! —chilló ella, sintiendo el dolor y el placer mezclarse en una danza peligrosa.

Sofía, excitada y ansiosa, se arrodilló frente a su amiga, enterrando su rostro entre las piernas abiertas y sedientas. La lengua juguetona exploró cada pliegue, cada rincón, cada rastro de deseo y lujuria. María gemía y se retorcía, sintiendo el orgasmo acercarse con ferocidad desatada.

Los cuerpos sudorosos se movían en una coreografía de lujuria y deseo, buscando el placer y la liberación en los brazos del pecado. El conserje embestía con fuerza y determinación, sintiendo cómo el éxtasis se acercaba, palpable y ardiente.

Y así, en un clímax desgarrador y desenfrenado, los tres alcanzaron el orgasmo juntos. Los gritos, los gemidos, los susurros de placer llenaron la estrecha sala de mantenimiento, creando una sinfonía de pasión y lujuria que resonaría en sus mentes y cuerpos durante mucho tiempo después.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *