quieren que les enseñe las tetas

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Claudia y Marcos se habían conocido en una fiesta unos días atrás. Ella, una jovencita pelirroja de mirada traviesa, y él, un chico musculoso de tatuajes obscenos. Tras unas cuantas copas de más y algunos flirteos sugerentes, acabaron en el apartamento de él, un piso desordenado lleno de cervezas vacías y colillas de cigarro. La tensión sexual entre ellos era palpable, el ambiente pesado de deseo.

Los dos se miraban con lujuria desenfrenada, deseosos de llevar el encuentro a un nivel más íntimo. Claudia se acercó a Marcos con descaro, llevando sus manos a la entrepierna del chico y acariciando su verga sobre el pantalón ajustado. Marcos gemía de placer, ansioso por sentir el cuerpo de la pelirroja contra el suyo.

«Quiero que me muestres tus tetas», susurró Marcos con voz ronca, sus ojos brillando de excitación.

Claudia sonrió traviesamente, desabrochando lentamente su blusa para revelar un par de pechos firmes y perfectamente redondos. Marcos no pudo contenerse y se abalanzó sobre ellos, lamiendo y chupando los pezones erectos de la chica con ansias voraces.

Los gemidos de placer resonaban en la habitación, mezclándose con el sonido de la música electrónica de fondo. La ropa fue cayendo al suelo sin pudor, dejando al descubierto los cuerpos ardientes de Claudia y Marcos, ansiosos por explorar cada centímetro de piel.

Se lanzaron sobre la cama con pasión desenfrenada, enredados en un torbellino de caricias y besos lascivos. Marcos acariciaba el cuerpo de Claudia con manos expertas, explorando cada rincón con avidez, mientras ella gemía de placer bajo sus caricias hábiles.

«Quiero cogerte duro», gruñó Marcos entre jadeos, su verga palpitando de deseo.

Claudia asintió con una sonrisa pícara, abriendo las piernas para darle acceso a su concha húmeda y ansiosa. Marcos se posicionó entre sus muslos, deslizando lentamente su verga dura y gruesa dentro de ella, provocando gemidos de placer en ambos.

El ritmo frenético de la cama crujía con cada embestida, los cuerpos sudorosos chocando con violencia en un baile caótico de pasión desenfrenada. El sexo era salvaje, primitivo, un acto de lujuria pura que los consumía por completo.

«¡Más fuerte, más duro!», gritó Claudia, arqueando la espalda de placer.

Marcos obedeció, embistiendo con furia a la pelirroja, llevándola al borde del abismo del placer una y otra vez. Los gemidos se intensificaban, los cuerpos sudorosos brillaban a la luz tenue de la habitación, la verga de Marcos golpeaba el interior de Claudia con una cadencia precisa y brutal.

El clímax se acercaba, el éxtasis estaba al alcance de la mano. Marcos aumentó el ritmo, embistiendo con fuerza desenfrenada, sintiendo el calor de la concha de Claudia envolviendo su pija con una calidez abrasadora.

Y entonces, en un grito de éxtasis compartido, los dos llegaron juntos al clímax, con gemidos y susurros de placer llenando la habitación. La venida fue intensa y liberadora, un torrente de sensaciones que los dejó sin aliento y extasiados en un mar de placer inenarrable.

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