se llevan a la morita colegiala coger en medio del monte pero antes la ponen a mamar

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La tarde de verano se había vuelto sofocante en el pequeño pueblo del interior. El sol caía a plomo sobre la tierra reseca, mientras el polvo se levantaba en remolinos con la brisa caliente que soplaba. En medio de ese paisaje agreste, dos jóvenes calenturientos se encontraban preparando una fechoría que daría mucho de qué hablar en la comunidad.

El Moro y el Rulo, conocidos por ser dos pandilleros locales, habían divisado a la morita colegiala de dieciocho años que solía pasear por los alrededores del pueblo. La jovencita, de piel canela y ojos avellana, era el objeto de deseo de muchos hombres en la zona, y aquel par no iba a desaprovechar la oportunidad de tenerla a su merced en aquel paraje apartado del monte.

Con sigilo, se acercaron a la inocente chica, quien al ver a los dos rufianes, intentó retroceder, pero fue rápidamente rodeada y sujetada por el Moro, mientras el Rulo comenzaba a desabotonarse los pantalones con una sonrisa lujuriosa en el rostro.

«¡Tranquila, morita! Solo queremos jugar un poco contigo», exclamó el Moro con voz ronca, sujetando con firmeza los brazos de la joven asustada.

La morita, visiblemente nerviosa, no sabía qué hacer. Su corazón latía con fuerza en su pecho, mientras sentía el aliento caliente de los dos hombres en su rostro. Sin previo aviso, el Rulo sacó su verga semirrígida y se la mostró a la jovencita, quien soltó un gemido de sorpresa y horror.

«¡Vamos, nena! No te hagas la mojigata, sabes que quieres probar esta pija», dijo el Rulo con tono desafiante, acercando su miembro a los labios temblorosos de la morita, quien no podía apartar la mirada de aquel falo erecto y sucio.

Sin más preámbulos, el Moro le quitó la falda y las bragas a la colegiala, dejando al descubierto su concha rosada y húmeda, lista para la cogida que se avecinaba. La joven, entre sollozos, sintió cómo el Rulo le empujaba la cabeza hacia su verga, obligándola a abrir la boca y comenzar a mamar con ansia, mientras el Moro aprovechaba para manosear sus tetas firmes y redondas.

Los gemidos de la morita resonaban en el bosque, mezclados con los gruñidos guturales de los malhechores que disfrutaban de tener a aquella colegiala a su disposición. La joven, con los ojos vidriosos de excitación y miedo, se entregaba a la verga sucia del Rulo, sintiendo cómo su lengua y sus labios eran invadidos por aquel trozo de carne erecto.

«¡Eso es, chupala toda, putita! Te gusta la pija, ¿no? Te va a encantar cuando te la metamos por la concha y el culo», exclamó el Moro con lujuria, preparando el terreno para la violación que se avecinaba.

Después de unos minutos de mamada forzada, el Rulo apartó a la morita de su verga y la empujó con fuerza hacia el suelo, dejándola postrada y temblorosa ante la crudeza de la situación. El Moro, sin mediar palabra, se arrodilló detrás de ella y comenzó a lamer su culo, preparándolo para la cogida anal que se avecinaba.

Los gritos de la morita se mezclaban con los gruñidos de placer del Moro, quien disfrutaba de aquel acto de sumisión y humillación. El Rulo, por su parte, se acercó a la joven y le obligó a abrir la boca de par en par, introduciendo su verga dura y caliente en su interior, mientras la morita gemía y sollozaba sin control.

La escena era grotesca y depravada, pero aquellos tres individuos estaban inmersos en un frenesí de deseo y violencia que los consumía por completo. La morita, entre lágrimas y saliva, se abandonaba al placer prohibido que le estaban imponiendo, sintiendo cómo su cuerpo respondía a estímulos que desconocía.

El Moro, con una destreza que asustaba por su experiencia, empezó a penetrar el culo virgen de la colegiala, quien se retorcía de dolor y placer bajo sus embestidas. El Rulo, por su parte, arremetía una y otra vez contra la garganta de la morita, quien tragaba y jadeaba sin aliento, sintiendo cómo el semen del rufián se acumulaba en su boca.

La morita, sin fuerzas para resistirse, se dejaba llevar por la vorágine de sensaciones que la envolvían, entregándose por completo a aquellos dos hombres que la usaban como objeto de su deseo más oscuro y perverso. El Montemayor, testigo mudo de aquella orgía improvisada, veía cómo la moralidad se deshacía en aquel rincón olvidado de la civilización.

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