tranquila no te va doler lo voy a meter despacito..le dice a su prima

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La noche caía pesadamente sobre el barrio marginal donde vivían, una suerte de telenovela de baja categoría con personajes genuinamente tristes y miserables. En el improvisado cuarto de la casa destartalada, el olor a humedad y cigarro impregnaba el aire viciado, una mezcla insoportable que se pegaba en cada poro de la piel. La luz tenue de una lámpara temblorosa iluminaba apenas la escena lúgubre que se avecinaba.

‘Tranquila, no te va a doler, lo voy a meter despacito’, le murmuraba él con voz ronca a su prima, una joven de mirada perdida y deseo reprimido. Ambos sabían que se estaban aventurando en un territorio prohibido y peligroso, pero la lujuria había nublado sus sentidos y los empujaba hacia un abismo de placer y culpabilidad.

Los dos se miraban con deseo desenfrenado, con la pasión reprimida que traspasaba la barrera de la moralidad y los sumergía en un mar de pecado y desenfreno. Sin decir una palabra más, él se acercó lentamente a ella, capturando su boca con la suya en un beso lleno de ansias y desesperación. Sus lenguas se enredaban hambrientas, explorando cada rincón en busca de satisfacción.

Él la empujó suavemente contra la pared fría, sintiendo la tensión en el ambiente aumentar con cada gemido ahogado y cada susurro de placer. Sus manos ávidas se deslizaron por su cuerpo, desgarrando la ropa con ansias de poseerla por completo. La piel desnuda se erizaba ante el contacto salvaje, anticipando lo que estaba por venir.

«¿Estás lista, prima?», preguntó él con una sonrisa perversa en los labios, mientras sus manos recorrían el contorno de sus curvas con avidez. Ella asintió con la respiración entrecortada, entregándose al deseo prohibido que ardía en su interior y la consumía sin piedad.

El sonido de la cremallera bajando resonaba en la habitación, un preludio al momento de éxtasis que se aproximaba. Él se dejó caer de rodillas frente a ella, devorando con ansia el tesoro oculto entre sus piernas, disfrutando de cada gemido de placer que escapaba de sus labios entreabiertos.

La lengua experta exploraba cada pliegue, cada recoveco, llevándola al borde del abismo del placer con movimientos precisos y salvajes. Ella se retorcía de puro éxtasis, aferrándose a sus cabellos con fuerza mientras su cuerpo ardía en llamas de deseo incontrolable.

«¡Sí, sí, no pares!», gritaba ella entre jadeos, sumergida en un mar de placer que la consumía por completo. Él la devoraba con avidez, llevándola una y otra vez al borde del abismo del éxtasis, sin darle tregua ni descanso, prolongando el tormento del placer hasta límites insospechados.

Finalmente, ella no pudo contener más el torrente de sensaciones que la invadían y se dejó llevar por el orgasmo abrumador que la sacudió de pies a cabeza, retorciéndose en éxtasis mientras él la mantenía sujeta con firmeza, disfrutando del espectáculo de lujuria y desenfreno que se desataba frente a sus ojos.

«Ahora es mi turno, prima», murmuró él con voz ronca y presurosa, mientras se ponía de pie y se preparaba para poseerla por completo. Ella lo miraba con deseo y anhelo, entregándose sin reservas a su prima prohibido y a los placeres inconfesables que les esperaban en la oscuridad de la noche.

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