Amiga del colegio quiere saber a que sabe la leche

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La amiga del colegio, una jovencita de 18 años, rubia, con un culo de infarto y unas tetas que desafían la gravedad, llegó a mi casa con una sonrisa traviesa en su rostro. Estaba ansiosa por probar algo nuevo, algo excitante. Nos sentamos en el sofá, sudorosos por el calor del verano, y ella me miró con deseo en sus ojos azules. ‘Quiero saber a qué sabe la leche’, susurró con voz inocente pero con un brillo lujurioso en su mirada.

No pude evitar sentir cómo mi verga se endurecía al escuchar su propuesta. Lentamente, acerqué mi mano a su entrepierna y sentí su calor a través de la tela de su pantalón ajustado. ‘¿Estás segura de lo que quieres, preciosa?’, le pregunté con voz ronca, sabiendo que no había vuelta atrás.

Con un movimiento ágil, bajé sus pantalones y pude ver su concha húmeda y ansiosa. Sin mediar palabra, me arrodillé entre sus piernas y comencé a mamar con voracidad, sintiendo su sabor agridulce mezclado con el sudor de su excitación. Ella gemía y se retorcía de placer, agarrando mi cabello con fuerza.

‘¡Sí, cómeme toda, culeador! ¡Hazme tuya!’, exclamó entre gemidos descontrolados. Sin dejar de mamar, introduje un dedo en su culo apretado, preparándolo para lo que vendría después. Podía escuchar sus gemidos ahogados por la mamada intensa, mientras su cuerpo se estremecía de placer.

El deseo nos consumía, el sudor cubría nuestros cuerpos entrelazados en un baile de lujuria y pasión desenfrenada. Sin decir una palabra, la levanté y la coloqué en cuatro patas sobre el sofá, con su culo en pompa frente a mí, ansioso por ser cogido sin piedad.

‘¡Ábreme el culo, hazme tuya por completo!’, gritó con voz ronca y desesperada. Sin dudarlo, coloqué la punta de mi verga en su ano estrecho y comencé a empujar lentamente, sintiendo cómo se abría ante mí, cediendo a la presión de mi pija ansiosa por poseerla por completo.

Los gemidos se convirtieron en gritos de placer, en ruidos obscenos de culeada salvaje. Cada embestida era un gemido ahogado, un susurro de éxtasis en medio de la fogosidad desenfrenada. Sentía cómo mi venida se acercaba, cómo el placer me invadía hasta lo más profundo de mi ser.

Finalmente, con un grito bestial, dejé que mi semen inundara su culo, sintiendo cómo se llenaba de mi esencia, de mi deseo desbordado. Ella, exhausta y satisfecha, se dejó caer sobre el sofá, con una sonrisa de placer en sus labios entreabiertos.

El sudor nos cubría por completo, el olor a sexo impregnaba el ambiente, pero ambos sabíamos que aquella experiencia había sido solo el comienzo de algo mucho más intenso, de un placer que solo podíamos encontrar en los brazos del pecado y la lujuria desenfrenada.

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